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ésta,) un campo no muy extendido, rodeado de altas sierras, con poca luz, porque estaba muy nu- blado y como lluvioso: por inedio de él á lo largo venía como encajonado un río crecidísimo, por la mucha agua que de la lluvia había recogido, pero muy turbia y cenagosa, como cuando vienen ria- das fuertes. Toda esta agua se despeñaba ó caía en una sima profundísima que había en medio de aquel llano, y entendía llegaba hasta el Infierno: á la derecha del rív había campo, entendiendo estar labrado, y seca la tierra, pero ni la veía ni lo que en él hubiese; á la siniestra estaba sembrado de trigo que aparecía muy fresco, verde y frondoso, pero lóbrego con lo atormentado del tiempo; esto llegaba hasta la mitad del campo. En la otra mitad estaba yo mirando muy de cerca todo lo dicho, y en la parte en que estaba, aunque no la veía, ni podía figurarme (procurándolo) lo que hubiese en ella, me parecía estar la tierra árida y muy seca y como eriazo, y que ni á esta parte, niá la otra que estaba á la mano siniestra del río llegaba la lluvia que causaba la creciente del río y frondosidad de lo sembrado, no obstante que lo nublado ocupaba todo el campo. Allí mismo como lo estaba pensan- do, me persuadía que esto todo era una pintura del estado de mi alma, en el mal uso de las gracias, que como lluvia crecidísima forman este río, entur- biando sus aguas el infinito número de miserias que la mala tierra mía dá de sí; y la sima mi ingra- titud é infidelidad: mas este ado de pensar, ni otro que después me sigue más, (y solo diré á us- ted á la vista) no me hacía mucha fuerza en el in- terior. Yo sacudía este fantasma ó pensamiento, pero se estaba quieto: por lo que fuere se lo digo á usted, aunque no creo debe hacerse alto sobre ello,

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