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167 de fe y de sentimiento se veian confundidas personas de distintas razas y de distintas lenguas. La montaiia, Jas riberas del rio, las llanuras del campo, los lugares de transito eran incapaces de con- tener tan animaba aglomeracién de gente. ;Qué pasaba en aquel ‘poco antes desconocido lugar? Una solemnidad apenas vista seme- jante. El Nuncio Apostdlico en Francia Mgr. Meglia ante un publico numerosisimo iba a colocar sobre los sienes de la estatua de la Virgen de Lourdes riquisima corona en nombre del Papa Pio IX, el pontifice de la Inmaculada y de todo el mundo catdlico que la aclamaba su Reina y Soberana. En medio de la expectacién ge- néral de todos, Mgr. Pie, Obispo de Poitiers, levanta su elocuente voz y conmovido visiblemente, empieza su sermon diciendo: Ante tales mu- chedumbres y en presencia de semejantes espectaculos, sientese la hu- mana palabra desfallecer.» y poco después afiade: «Si no quereis creer en las palabras de una nifia, creed 4 lo menos en las cosas que siguen 4 sus palabras Si non verbo credis, rebus crede... Si, toda la cristiandad viviente y el cielo unido 4 la tierra, va 4 proclamar dichosa 4 Maria en el momento en que Pio IX, por ministerio de su venerable Delegado coronara hoy su propia sentencia al coronar la imagen de la que aqui se llamo y se declaré a si misma: la Inmaculada Concep- cién. Vos no pudisteis decirselo al mundo, oh Maria! sino des pués que el Vicario de Vuestro Hijo se lo habo dicho 4 la Iglesia; pero el ordculo de Lourdes, respondiendo al ordculo del Vaticano fué con intusiasmo recibido por cuantos celosos de vuestras glo- rias lo son también de las prerrogatibas del Pontifice Romano» Luego aquella multitud inmensa prorrumpe en cantos de gloria y 100.000 voces ripiten 4 coro el Ave, maris stella, que grandioso y sublime repite el eco lejano de las montafias vecinas. E] Nuncio se levanta, toma un sus manos la preciosa corona, se acerca a la imagen de Mariay deja en su cabeza aquella diadema de oro y pedreria, simbolo de su poder en el cielo y de su reino de amor en la tierra. Entonces, jay! entonces.... pero qué lengua podra decla- rar la emocién que se apoderé del corazén de todas las _presen- tes? Una numerosa aclamacién resono atronadora, delirante. El co- razon de todos palpita de sentimiento, lagrimas de ternura hume- decen sus ojos, y de todos los labios salen gritos de Viva Maria In- maculada! viva Pio IX! El Nuncio Apostoélico entona después el Regina celi ietare y un coro formidable repite dicha felicitacién y el grito de Alleluya y los vivas a la Virgen de Lourdes reso- naban por todas partes. Y el eco llevé por todo el mundo Jas voces de aquel pueblo feliz: Tu, oh Maria, eres la gloria de Jerusalén: td la alegria de Israel: la honra de nuestra nacion. Fr. LEONcIO M.4 DE SANTIBANEZ. Capuchino.
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