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588 CONGRESO REGIONAL en la prensa local, era el siguiente: Plaza de San José; calles de Navarreria y Mercaderes, Plaza Consistorial, called Zapateria, plazas del Consejo y de San Francisco, calles de Eslava y Mayor. debiendo terminar en la Igle- sia de San Saturnino, donde se cantaria el Te Deum. Este trayecto, largo en sf mismo, result6 muy corto para tan magna pro- cesion. La tercera parte de los hombres no habjan salido atin de la Catedral, cuando ya la cabeza de la procesién y la mitad de las sefioras habian entrado en la Iglesia de San Saturnino, segtin tuvo la curiosidad de comprobarlo el presbitero Terciario D. Tomas Yoldi. No es extrafio. «Célculos prudentes—dijo el periddico «Diario de Nava- tra»—elevan a doce mil el ntimero de los que formaban la procesién. Fué digno remate no ya de un Congreso Regional, sino de un Congreso Na- cional...» El desfile de doce mil fieles cefiidos del cordén y habito de San Francis- co con una compostura entre inyponente y edificadora, los himnos vibrantes que cantados con ritmo perfecto formaban cascadas torrenciales de armonias serdficas, los acordes de las bandas de mtisica, el ronco zumbido de la cam- pana mayor de nuestra ciudad, matizado por las notas alegres de un enjambre de campanas menores, las continuas explosiones de la polvora cuyos estam- pidos llenaban varias calles simultaneamente, las vistosas y multicolores col- gaduras, riquisimas algunas de ellas, que adornaban todos los balcones y ven- tanas del trayecto, en muchos de los cuales campeaba el escudo de San Fran- cisco, todo esto en un ambiente de temperatura de cielo, con un sol esplén- dido que parecia regocijarse en contribuir a la fiesta, bordandolo todo de luz y depositando besos ardientes en la imagen del Serdfico Francisco, formaba un conjunto magnifico, un espectaculo religioso jamds conocido en Pamplona y pocas veces presenciado en las mds populosas ciudades. jEra el paso de los ejércitos franciscanos del Norte de Espafia, que Ile- vaban en triunfo a su glorioso general, el cual parecia ostentar en su brillan- te carroza los trofeos y los laureles de las victorias de siete siglos! Los que esto presenciaban asomados a los balcones o bordeando las ace- ras por todo el trayecto, unos (hermanos de los que en la procesién formaban,) caian de rodillas al llegar la imagen del Santo. a quien miraban con ojos arrasados en lagrimas mientras musitaban una devota jaculatoria; otros, me- ros curiosos, no podian menos de prorrumpir en exclamaciones de admira- cién, confesdndose atraidos, arrebatados por aquella avasalladora corriente de devocién franciscana y de fervores y entusiasmos serdaficos. Si aquel dia tuvo San Francisco en Pamplona doce mil Hijos que amo- rosamente le escoltaban, tuvo treinta mil fieles que le aplaudian y le rendian el tributo de su admiracién. Al contemplar el paso solemnemcnte triunfal de San Francisco por las principales calles y plazas de la capital de Navarra, exclamaban unos presti- giosos caballeros: «Si San Francisco pudiera perder la humildad, la pefderia esta tarde en Pamplona...» «Triunfos como este—decian otros—los tiene
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