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DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 585 E] mejor homenaje y :-la mejor plegaria -: En vista de lo expuesto, sefiores Congresistas, amadisimos Terciarios, yo estimo que el mejor homenaje que este Congreso puede tributar al Serafin de Asis, es que todos nosotros abramos.cuanto nos sea posible nuestras almas y aspiremos el espiritu del Santo, y nos lo asimilemos, y lo hagamos sangre de nuestra sangre y vida de nuestra vida; y que después ese espiritu franciscano, que en resumen de cuentas es el del Evangelio y el de Jesucristo, lo inoculemos e infundamos en esta sociedad que todo lo amé menos lo infinito amable, me- nos al Amor de los Amores. Y la mejor oracién que elevaremos al cielo seré pedir a Dios que, pues su virtud persevera inexhausta, su Caridad es la misma y los troqueles no estan rotos,—en el troquel de nuesira carne de pecado hace el Sefior con su Sabiduria y su Omnipotencia a los Santos—, envie al mundo unos cuantos apéstoles parecidos al de Asis. Estos son, sefiores, mis votos ardientes, a los cuales se unen otros, sali- dos de lo intimo de mi coraz6n, por la conservacién e incolumidad de la piedad navarra, por el triunfo de la iglesia Catdlica, por la mayor gloria de San Fran- cisco en el cielo, por la gloria de Cristo-Rey, a quien todo se refiere—como los puntos de circunferencia al centro—en el tiempo y la eternidad, en los abismos y las excelsitudes, en las almas buenas y en los angeles de luz, en este campo de tentaci6n y lucha, que es la tierra, y en la patria del reposo perenne y de la perfecta posesion y de la transformacién gloriosa y de la vida divina, y del dis- frute de Dios, que son los cielos. (Pro/ongados aplausos) He dicho Este extracto, aunque escrito por el mismo Excmo. Sr. Obispo de Jaca, no revela toda la magnificencia de su elocuentisimo discurso de clausura. El autor de esta Cronica recuerda algunos conceptos que no aparecen en las precedentes lineas. Se comprende que no es lo mismo escribir el compendio de unas ideas a vuela-pluma para un libro, que hablar ante diez mil personas en ocasion tan solemne, en que vibraban de entusiasmo los corazones de to- dos y mucho mas el de nuestro ilustre orador, perfecto artista del sentimien- to y de la palabra. La ovacién, que al terminar el discurso, se tributé al ilustre y sabio Prelado, fué de las mas estruendosas y delirantes que hemos conocido, Cuan- do descendié del ptilpito encaminandose a la sacristia, hubiéranle seguido to- dos, si la enorme concurrencia permitiera moverse y dar un paso; hubiéranle seguido para besar sus pies, para dirigirle mil saludos en los que iria envuel- ta toda la admiraci6n, todo el asombro, todo el loco entusiasmo que habia producido la cdlida y sobrehumana palabra del Prelado y que ya no podian represar sus almas... Pero siguiéronle con los ojos, y continuaron atronado- res los aplausos hasta que el ilustre orador se perdié de vista.

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