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“a DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 381 nate ranzas; un santo de esta traza es don estupendo de la Divinidad, es como un rapto colosal de la tierra y como un nuevo martir de belleza en el cielo. Yo siento, sefiores y hermanos mios, al llegar a este punto y haber de bos- quejar la figura del excelso poderdado de Jestis, del Santo insigne que, como dice Dante, se despos6 con la Pobreza,-+viuda desde la muerte sublime de Je- stis,—tener una palabra desmayada y fria; pues la necesitara y quisiera arreba- tada y ardiente, como un haz de llamas que saliesen de mi mente convertida en volcan y de mi corazon hecho horno gigantesco de amor. Dirfa entonces del arranque sublime de San Francisco, cuando renunciada su legitima y dejados fa- milia y hogar, puede con propiedad volverse al cielo y decir «Padre nuestro»; y ya en adelante son sus hermanos mejores los que mas lloran y menos tienen, y son sus intereses exclusivamente los de Jestis, y es su casa--que le viene angos- ta-~el mundo entero, y su aposento predilecto la cueva donde se impone peniten- cia, o eltugurio donde le espera el leproso abandonado de todo humano consuelo. Le pintara menos impropiamente, devorado por el celo de la Casa del Sefior, de la Casa Grande, dela Santa Iglesia, que el gloriosisimo Inocencio III contempla en visi6n apoyada sobre los hombros del «poverello», y de las casitas pequeifias, de esos Oratorios reparados por su trabajo y de esas estancias piadosas felicf- simas, donde por su obra surge la su semejante, la paloma Clara que regenta el purfsimo nidal, la mujer-serafin, 6 bien la Serafica Orden Tercera que sustenta y vigoriza y hermosea y defiende a la Sociedad humano-divina, la de la luz y el santo amor, la idolatrada Sociedad Catélica. Holga4rame yo mucho conténdoos de nuestro Santo, volando en pos de él y delatando la gracia de su serafico vuelo, cuando predicaba por las Marcas; cuando recorria la Umbria poética; cuando se posaba sobre la Fterna Ciudad; sus combates contra la herejfa, sus desafios al infierno, sus dulces llamadas a las almas piadosas, el imponer si- lencio a las alocadas golondrinas, el traer los muertos a la vida, el verse cara a cara con su Amador, el encuentro con las tres sublimes Gracias del Cristia- nismo, sefiora Pobreza, sefiora Obediencia, sefiora Castidad; la manera de tra- tar a los compafieros de su Instituto, que parecian nacerle del mismo coraz6n; el elevarse de Ia tierra al cielo, contemplando mucho, amando como los compa- fieros serafines que se dej6 en la Gloria; y sus arrebatos, y su sabrosa pena, y su dolor de amor, y la forma como se le llag6 en el Albernia con las llagas de su Cristo, y la manera cémo se moria... que era como se nace, abriendo los jos para ver de hito en hito a su Dios y balbuciendo el lenguaje de sus herma- nos serafines tan distinfo del lenguaje de los pobrecicos hombres!.. Todo, todo, lo ponderara, yo, de modo menos indigno de la gloriosa realidad; y a fe que al ponderarlo reconocierais conmigo que «San Francisco fué en su siglo una in- vasion de sobrenaturalismo que salv6 a la Europa». (Ap/ausos). Con la presencia del Serafin :-:el mundo se transforma:-: Nadie, que no tuviese la luz profética, habria asegurado al alborear del si- glo XIII que éste seria el siglo del apogeo del Catolicismo. Nadie habria imagi- nado que en su discurso habfa de operarse una profundisima reaccién religiosa y moral, y que la fé cristiana ofrecerfa pruebas insospechadas de su virtualidad engendrando la mas rica, bella y opulenta de las Civilizaciones hasta entonces conocidas. Con todo, asi fué el hecho. Y aunque en su generaci6én y desarrollo hubiesen buena parte los progresos de las Ciencias eclesidsticas, la aparicién de genios como Alberto Magno, Alejandro de Hales, Bacén, San Buenaventura,

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