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DE TERCIARIOS PRANCISCANOS 579 «San Francisco es en su siglo una invasién de sobrenaturalismo que sal- v6 enfonces a Europa. Por otra invasion anéloga y sélo por ella puede sal- varse el mundo moderno.» Hé aqui el pensamiento capital de mi discurso, en torno al cual se ciernen, no sin raz6n, mis temores. A vuestra hidalga benevolencia me conffo. Sobre todo, séame propicio el Divino Espiritu, de Quien derivan toda ciencia y pie- dad y toda sabidurfa y acierto. La Iglesia y las herejias al comenzar el siglo XIII. Zanjada la Iglesia Militante en la palabra de Dios, basa en que se apoya la inmensa maquina de los cielos, que debe toda su seguridad y consistencia al poderoso aliento de su boca, como escribié bellamente el autor de la Crénica de San Francisco; garantida la Sociedad Cristiana por la promesa de la indefec- tible asistencia de Cristo, serena contempla en el correr de los siglos cémo en su dafio se suscitan las potestades de este mundo y se desatan contra ella los infernales espiritus y la envuelven los vientos y las olas de la contradiccién y del dolor. Segura de su destino, la Iglesia sabe que su misi6n es idéntica a la de Jestis,—salvar,—y que su historia ha de tejerse como la historia de la vida pa- sible de su Fundador Divino en un constante padecer, simultaneado con un cons- tante triunfar. Pudo, pues, observar sin espanto con qué siniestra fecundidad se multipli- caban las herejias al alborear del siglo XIII de la Era Cristiana. Vi6 alos Wal- denses revolverse contra la autoridad de la Suprema Catedra; alos Apocalipti- cos rasgar el velo de la fe; a los Humildes profanar el nombre de tan fundamen- tal virtud, convirtiéndose a los placeres mds bajos e inconfesables; a los Albi- genses resucitar las afiejas monstruosidades doctrinales de Maniqueos y Ori- genistas; a los Judios repetir en cuerpos tiernecitos de nifios todavia sin raz6n los tormentos que sus ascendientes infligieron al Mesfas; a Almarico y a David de Dinante y a tantos otros predicar las aberraciones mayores en odio y des- prestigio de la verdad catélica. Contemplé a la vez la Santa Iglesia ese triste espectadculo que ofrece el mundo cuando Cristo finge dormir sobre la barca apost6lica y los hombres se entregan a tal libertinaje y locura que se dirfa ser abandonados por Dios a la torpeza de su consejo; humillada la virtud, exaltado el vicio, la carne hecha objeto de adoraci6n, el placer tomado por ideal supre- mo, el egoismo desbordado, los reyes sin prestigio, los subditos endiosados... Y, contemplando y viendo todo esto, la Iglesia no podia temer sobre su suerte, porque la Providencia especial de su Esposo no podia faltarle y, en efecto, no le falt6: Y fué esa Providencia amorosisima que en saz6n de tanta hediondez y tinieblas, en medio de un tan grosero humanismo, San Francisco de Asis apa- reciese en la tierra, Flor del Divino Paraiso, Estrella de la humanidad en aque- lla profunda noche histérica, Serafin <arrancado al cielo por la Edad Media» en frase de un orador contemporaneo, transfusién de la gloria, dirfamos nosotros que hizo la Misericordia de Dios al mundo para que no perezca definitivamente, victima%de la mortal y espiritual anemia en que oprobiosamente se consumia. La providencia suscita :—:a San Francisco —: Escritores y santos insignes coinciden en sefjalar al Patriarca de Asis como pia Ee eae ak i ie Sas 8 Ss ad A sethantes
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