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DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 359 primera vez después de la hora malaventurada del Paraiso oyen los requiebros del hombre. 4ZQué mucho que esas criaturas corriesen a Francisco para rendirle su reconocimiento fraternal?... Con él canta la hermana cigarra, con él se dispu- fa un ruisefior en la selva la honra de las alabanzas divinas, con él pacta un lo- bo feroz en Gubio un tratado de paz honrosf{simo, a él en fin obedecen irracio- nales y elementos naturales cuando en las manos de Francisco florece el mila- ro. . Ese es el camino de conseguirel dominio del mundo. Volver a la inocen- cia de Adan, justo para ocupar el verdadero puesto que nos toca en la creaci6n. Esa triple idea qne acabo de explicar, verdadera glorificacién de San Fran- cisco tiene un florecimiento completo, adecuado, real en un hecho de la vida del Santo. No dejaré de relatarlo porque él arroja una luz particularfsima que se infiltrara muy adentro del alma y veréis cOmo esta comprende conella todo mi _razonamiento. Habfa un leproso cuidado por religiosos Menores en un hospital cercano al Convento donde vivia San Francisco. Se crefa del leproso que estaba poseido del demonio porque no solo maltrataba de palabra y de obra alos Hermanos que le servian, sino que blasfemaba de Jesucristo y de su Santisima Madre. Has- ta tal extremo lIlegaron las manifestaciones de su colera, pue los frailes decidie- ron abandonarle por completo. No lo hicieron sin consultarlo con San Francis- co, quien se present6 al leproso y le salud6 diciendo: «Dios te dé paz, hermano carisimo; a lo que contest6 el leproso: ¢Qué paz puedo esperar de Dios que me ha quitado toda paz y todo bien y me ha dado tantas y tan repugnantes heridas? San Francisco contest6:—Debes, hijo, tener paciencia porque las enfermedades del cuerpo las da Dios en el mundo para la salud del alma y sirven de gran mé- rito cuando se sufren con paciencia. --Replic6é el enfermo:—Y gcémo puedo yo - llevar con paciencia la pena continua que de dfay de noche me atormenta? Y no solamente por la enfermedad mia, sino también por el mal que me causan los Hermanos gue td me diste para que me sirviesen, pues no cumpien su deber.— Yo seré quien te sirva de hoy en adelante, hijo mfo, ya que no estés contento con los demas, le dijo el Santo.— Me agrada, pero ¢qué hardés 1 que los otros no hayan hecho?...—Haré lo que quieras.—Lavame todo ,el cuerpo porque yo padezco tanto que a mi mismo no me puedo sufrir.—Entonces San Francisco hizo que calentasen agua con hierbas odoriferas y comenzo a lavar el cuerpo del leproso. Y por divino milagro alli donde tocaba la mano del Santo desapa- recia la lepra y renacia la carne perfectamente sana. Pero atin fué mayor el otro portento; que conforme el enfermo sanaba del cuerpo, la cura del alma se producia en un torrente de lagrimas, en un dolor hondo y prolongado de su es- piritu que le hizo prorrumpir en alta voz:—jHay de mi, que me he hecho digno del infierno por las villanias e injurias que he hecho y dicho a los hermanos y por las blasfemias que he cometido contra Dios.—Asi permanecié quince dias llorando sus pecados hasta que confesado de ellos, murié, volando Su alma al cielo. (1) Sefiores, no sé si podemos dar una idea mds adecuada de la sociedad. Ella se encuentra, como ese desdichado. Y no me digais que no es verdad, por- que la vemos rodeada de grandezas y de fausto y apurando la copa de los pla- ceres. Eso es ficticio. Entrad en su corazon. gQuién se atreve a decir que esta sana? No, no esta sana, esta enferma, esté podrida, esta chorreando la podre. por sus abiertas heridas, esta agonizando en medio de convulsiones horribles. (1) Florecitas. XXV.
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