BCCPAM000522-3-10000000000000
DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 355 era cristiana, Roma y Cartago, son una prueba evidentisima de ello. En la ban- dera que enarbola Anibal esta escrito el juramento del odio eterno a Roma que es la expresion del alma cartaginesa, mientras que en frente de ella surge vigo- roso el grifo latino: Delenda est Carthago. No ha perseguido jamas la Iglesia la hegemonia politica del mundo, como esos pueblos; pero, al igual que ellos, ha luchado constantemente por la grande- za y, aunque de distinto orden, ha tenido que desplegar su bandera, para llegar a su gloriosa conquista. La bandera de la Iglesia es la Cruz. En la Cruz ha es- culpido su lema con imborrables caracteres y siempre que nosotros queramos leerlo, veremos en ella grabadas estas palabras de San Pablo: /nsfaurare om- nia in Chrisfo. La \giesia no tiene otro ideal, ni tampoco otra ley, o mejor, la Iglesia resume ahi todos sus pensamientos, y cuantas normas hace brotar de su augusta y divina autoridad se encaminan a la consecucién de ese inmenso deseo del corazén de San Pablo. Dispensad, sefiores, porque’crefa que estaba solo debajo de la gigante b6é- veda y entre las firmes columnas que la sostienen. Por eso trataba en la labor de un argumento que vosotros no llegais a comprender atin porqué ha de estar en el principio de mi discurso. Ahora que salgo de ese trabajo interior; ahora que me estoy asomando a este horizonte tan nuevo como risuefio para mi; aho- ra que estoy escuchando la palpitacién del alma navarra que viene a espaciarse en el templo mayor del Reino; ahora que veo con mis ojos lo que ya_ sabia yo, el pujante catolicismo de este pueblo hidalgo y noble: ahora que siento, al po- nerme en contacto con vosotros, la misma emocién que conmueve vuestras _. almas, que las arrebata, y que las hace levantarse en un glorioso éxtasis de ad- miraci6n ante un hombre a quien todos amamos y veneramos con amor y res- peto de hijos, puedo yo levantarme ante vosotros y deciros: Nadie ha recogido mejor el grito de San Pablo que ese hombre. El es, nuestro Serdéfico Padre San Francisco, quien ha visto con claridad ese ideal de la Iglesia, quien lo ha sen- tido con todo el calor y la fuerza de su vida, quien ha dado cuanto tenfa para el servicio de la mas noble de las causas, la de la restauraci6n de la sociedad en Cristo. Las palabras del Profeta Am6és estan muy bien en boca de San Francis- co de Asis: Et ea gue corruerant, instaurabo. Uno de los momentos mas solemnes de la vida de nuestro Padre San Fran- cisco es aquel en que el milagroso Crucifijo de San Damian le habla de la repa- racién de su Templo. Esa palabra de Jesucristo entrafia un doble mandato. Francisco, restaura mi casa que se hunde. Asi dice la venerable efigie ante la cual ora el joven penitente de Asis; y al instante ve Francisco la necesidad que tiene el vacilante edificio de su concurso y ayuda. Corre presuroso al cumpli- miento de la orden de Dios y logra salvar de la ruina al viejo templo. Pero esa palabra contiene otro deseo, es un imperativo nuevo que abarca una idea més vasta y que allf mismo comienza a despuntar enel alma de Francisco, co- mo una aurora, que después sera dia resplandeciente para el mundo. Ya no se trata de un templo material; Jesucristo quiere la restauraci6én del templo espiri- tual, la dilataci6n de su reinado, la predicacién de su doctrina, el establecimien- to, en una palabra, del imperio de Dios en las almas. Tal vez no hay, en toda la vida de este hombre extraordinario, una hora mas solemne que ésta; y quizé en toda la historia de la Edad Media, no existe escena de mas interés para la sociedad humana que la que acabo de relatar. Alli, debajo de aquellas bévedas venerandas, dentro de los frios y desiertos muros de San Damian, estan tratan- ho Dios y su siervo Francisco de la prosperidad y de la grandeza de los hom- res, *
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz