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DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 545 sin del Profeta Daniel: 7rhonus ejus flammae ignis...(1) Y como en la visién de aquel profeta, millares de corazones palpitaban emocionados al mismo tiempo que millares de lenguas entonaban con jtibilo el himno de ado- racién, al abrirse el tabernaculo del Rey inmortal de los siglos. Aquellos Terciarios adoradores, en correcta formacién, dando frente a la bandera, con los ojos clavados en la custodia irisada de refulgentes focos que parecian estrellas arrancadas al firmamento, copiaban en sus almas los ardores eucaristicos de los Terciarios y Franciscanos que en pasados siglos escribieron las paginas mas brillantes de la devocién a este augusto Misterio. Con aire marcial hacese la presentacién de la Guardia. Con tono grave, acompasado, ritmicamente solemne, se canta el Invitatorio; y sube al ptilpito El Muy Iltre. Sr. D, Fermin Goicoechea, Prior de la Real Colegiata de Roncesvalles. Ya lo conocen nuestros Congresistas y los lectores de esta Crénica. Elevado por sus méritos a tan alta dignidad, es en las alturas de Roncesva- Iles como el atalaya-centinela de las viejas tradiciones de Navarra, que han quedado petrificadas en los vetustos muros de aquel templo, o en los pefias- cos de aquellos bosques. Su Cordén franciscano diriase que sirve de lazo para unir fuertemente el espiritu serdfico con el espiritu. austeramente cris- tiano de la raza vasca. A fuer de buen Terciario, es devotisimo del Corazén de Jestis y de la Eucaristia, como lo demuestra con su colaboraci6n en varias revistas piadosas. He aqui su serm6n dirigido aquella noche a los Adoradores y Terciarios, en el que desdefiando las frases altisonantes y las palabras desusadas, habla al corazén, como debe hablarse cuando se trata del misterio de Amor: Estote... simplices sicut columbe. (S. Mat. c. 10, v. 16.) Soberano Sefior Sacramentado. Beneméritos adoradores, queridos Terciarios, y muy amados hermanos en Jesucristo. Una de las pruebas asaz decisivas, que aducen las Sagradas Letras para demostrar la gran sabiduria de Salom6n, es la soluci6n admirable que di6 al conflicio de aquellas dos mujeres que se disputaban la maternidad de un infante vivo. No pudiendo averiguarse de otra suerte, cual era la verdadera madre del nifio, se valié el famoso Monarca de esta ingeniosa estratagema: mand6 que con una espada se dividiese al nifio en dos partes iguales, y que las dos mita- des entregasen a las dos mujeres por igual. Al oir semejante sentencia, mien- tras que la fingida madre se mantenia fria e impasible, se horroriz6 la verdade- ra y se conmovieron todas sus entrafias, protestando entre sollozos que prefe- ria mil veces quedarse sin nada del nifio, a contemplarlo sangriento y destroza- (1) Cap. Vil, 9.)
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