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DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 387 tro: 1." ser escogido de entre los hombres, 2.* ser compasivo; 5." debe ofrecer victimas; 4.* ser llamado por Dios. Pasa después a demostrar que estas cuatro cualidades hallanse en Jestis: 1.* Jesucristo no se arrogé la gloria de hacer- se Pontffice; sino que se la dié el que le dijo: Ta eres mi Hijo, yo te he engen- drado hoy. Al modo que también en otro lugar dice: Ti eres Sacerdote eterna- mente, segtin el orden de Melquisedec.—Fué pues, llamado por Dios.—Es tam- bién hombre y <en los dias de su carne mortal, ofreciendo plegarias y stiplicas con grande clamor y lagrimas a aquel que podfa salvarle de la muerte, fué oido en vista de su reverencia o dignidad. Y aunque era Hijo de Dios, aprendié co- mo hombre por las cosas que padecié, a obedecer, y sacrificado en la Cruz, se ofreci6 por todos los hombres y vino a ser causa de su salvacién eterna pa- ra todos los que le obedecen, siendo nombrado por Dios Pontffice segtin la or- den de Melquisedec.» : Con tan bella doctrina prueba el Apéstol el Aicasieds de Jesucristo. Ahora bien, el Sacerdocio catélico es continuacién del Sacerdocio de Cristo. «Como mi Padre me ha enviado, asf os envio yo a vosotros.» «Me ha sido dada toda potestad en el Cielo y en la tierra. Marchad, pues, y predicad a toda criatura, bautizandolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espiritu Santo.» «Haced esto en memoria de mi.» «Recibid el Espiritu Santo; los pecados que perdona- reis, quedardn perdonados, y los que retuviéreis, quedardén retenidos.» «Yo estaré con vosotros hasta la consumaci6n de los siglos» y «las puertas del infierno no prevaleceran contra mi Iglesia». El Sacerdote en la Iglesia. Tenemos, pues, en la Iglesia catélica un sacerdocio perpetuo, de institucién divina, encargado de continuar la obra de J. C. en la santificacién de las almas. Y el sacerdote es un hombre, entresacado de los fieles y elevado sobre ellos— ex hominibus assumpftus—a una dignidad superior a la de los Reyes y Principes de la tierra, mas alta que la de los Angeles y en algiin sentido superior (consen- tidme Virgen Inmaculada que lo diga)—a Vuestra misma dignidad de Madre de Dios. Sacado y elevado sobre los hombres, el sacerdote es constitufdo en favor de los hombres, pro hominibus constituifur, para santificarlos, para salvar- los, in iis guae sunt ad Deum, en las cosas que son de Dios y de su culto, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecadores.» Grande y sublime es esta dignidad. Es un mediador entre el Cielo y la tie- rra, que reconcilia a los hombres con Dios. No dice, en efecto, el sacerdote, al pecador arrepentido de sus culpas «Dios te perdone» sino «yo—que estoy in- vestido de poderes divinos—te absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espiritu Santo». Como no dice en el altar: «Esto es el Cuerpo de Cristo», <esta es su Sangre» sino representando la persona de Cristo: «Este es mi Cuerpo». «Este es el cdliz de mi Sangre». Y Cristo no falta a su palabra—allf esta donde lo ha puesto la palabra del sacerdote.» San Francisco y los Sacerdotes. Dignidad tan excelsa sobrecogfa de temor reverencial al Patriarca de Asfs hasta el punto de temblar de espanto y no atreverse por impulso de humildad a ser ordenado de sacerdote.—Decia: «Se debe el mayor respeto y honor a los sacerdotes de Dios, pues estan elevados por su dignidad sobre todos los hom- bres. Ellos son los Padres espirituales de todos los cristianos, el espfritu y la vida de este mundo. En cuanto a mf, afiadfa, si yo viese venir por un camino 22 avon VSS ances

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