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DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 335 y para esto ningun medio mejor que la Orden secular de Terciarios de San Francisco, eminentemente evangélica, eminentemente aposfdélica y eminente- mente popular. Eminentemente evangélica, porque tiene el espiritude San Fran- cisco, que es eminentemente evangélico, espiritu de caridad grande, de pobreza estrecha, de humildad sincera y de sencillez fan encantadora, tan llana, que constituyen esencialmente, en unién del espiritu de oracién, la vocacién del Fraile Menor. (Sabatier.) Eminentemente aposfdlica, porque tiende a regenerar el mundo principal- mente por medio de ese apostolado tan eficaz, que se llama e/ buen ejemplo, que conmueve y arrastra. Eminentemente popu/ar, pues cuenta Waltero que los nobles y los plebeyos, los clérigos y legos, seguian a nuestro Santo en confuso tropel, despreciando el fausto mundanal, y caminando en pos del humildfsimo Santo por las sendas de la perfeccién evangélica, abrazéndose con la pobreza y con la santa simpli- cidad. San Francisco, legislador ascético 'Y he aquf el orfgen de tan util y benéfica institucién: «Francisco de Asfs, re- corriendo Umbria y Toscana, vi6 que a su paso se despoblaban villas y aldeas, y que le segufa inmensa multitud, pretendiendo todas ellas, a imitaci6n suya, abrazar el estado religioso, y se disolvian las familias, y parecfa romperse el nudo conyugal, y maridos y mujeres se echaban a sus pies, rogandole les cifie- se la cuerda y vistiese el sayal. Entonces, a fin de contener el desbordamiento ascético sin menoscabo del fervor de la devocién, concibi6 el plan de su Orden Tercera, (la primera de todas, como afirma Benedicto XV) que se fund, con el nombre de Orden de los Hermanos y Hermanas de la Penitencia. Lo que admi- ra en las constituciones de la Orden Tercera de San Francisco es el profundo conocimiento que revelan de las necesidades de la época y el criterio eminente- mente social que las dict6é. Tomas de Celano, contemporéneo del Santo, dice que San Francisco fué sabio legislador. Y en efecto. Més que concepcién de una mente caldeada y exaltada por misticos arrobos, enflaquecida por la mortificacién y el ayuno, parecen obra de un legislador reflexivo, encanecido en ahondar problemas sociales. Y no hay duda, como fué San Francisco autor y padre de la Primera y Segunda Orden, lo fué también de la Tercera, Aufor y Le- gislador, aunque en la redaccién le ayudase el Cardenal Hugolino (después oe 1X) quedando las Reglas definitivamente aprobadas, por el Papa Nico- s lV. La Orden Tercera admite en su seno a clérigos y laicos, célibes y cényu- ges, hombres y mujeres. Ninguna excepcién. Caben en ella cuantos profesen la fé catélica y se reconozcan hijos de la Iglesia. Cuatro condiciones se imponfan para el ingreso; restituir los bienes mal ganados, reconciliarse leal y plenamen- te con los enemigos, observar el Decélogo, los Mandamientos de la Iglesia y la Regla, y para las mujeres casadas, consentimiento expreso o fécito del ma- rido (1). La Orden Tercera ha sido siempre un medio de santificacién y de apostola- do, porque los Hermanos, con su vida mortificada, enemiga del lujo, amante de la paz, rica en todas las virtudes, se constituyen en eficaces predicadores del buen ejemplo. No he de presentaros la galerfa de los Terciarios ilustres en estos siete si- glos. Reyes, pontifices, sabios, conquistadores, poetas y nobles, nies mi inten- (1) €, P. Bazan. ; | i

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