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} : 520 CONGRESO REGIONAL ra tomarlo y répartir su contenido entre los pobres; mas como el Santo Funda- e dor se lo negdra, continué andando tranquilamente. De vez en cuando volvia la cabeza, lanzaba al saco una mirada disimulada y hacfa nuevas instancias para obtener permiso de recogerlo. Cedié por fin San Francisco, y fray Leén volvié alegremente hacia donde estaba el saco; mas cuando lleg6 y se inclind para co- gerlo, salié de él una serpiente monstruosa que huy6, llevandoselo consigo. Fray Leén qued6 mas confuso que espantado de haber sido juguete de un en- gafio de Satands, y entonces, al verle asi, le dijo carifiosamente San Francisco: «Amada ovejita de Dios, sabe que para los religiosos el dinero es un reptil, el demonio.» Querfa San Francisco que la pobreza fuese el adorno de sus casas, Iglesias y celdas, alimento y habito, todo debfa resplandecer con el brillo de semejante virtud, para que fuera cada religioso espejo vivo de la pobreza de Nuestro Di- vino Redentor. Porque, segtin este consumado maestro de la vida espiritual, la oracion y la pobreza son alas que tiene el alma para volar hacia las alturas ce- lestiales. La pobreza rompe ligaduras y vence obstaculos; la oraci6n comienza y acaba la obra de la unién de amor con Dios. El despojo mas doloroso, el que ‘cuesta mas a las almas, es el de los bienes naturales de la inteligencia: Francis- co no dejé de imponerlo. Cierto dfa un religioso joven le pidié un salterio, y por toda respuesta el Patriarca tom6 ceniza, le frot6 con ella la cabeza y le despi- dié, queriendole dar a entender con todo aquello que el verdadero religioso Me- | nor debe prescindir de su criterio particular, de sus luces naturales y de todo cuanto pueda detener los progresos de la perfeccién. En cierto modo, San Francisco llegaba hasta preferir la pobreza a la pie- dad. En 1220, Pedro Catanio, entonces Vicario general, viendo la penuria en que se hallaban en Nuestra Sefiora de los Angeles, penuria tan extrema gne no les consentia cumplir los deberes de la hospitalidad con los religiosos extranje- ros, ideo utilizar el dinero y las ropas que llevaban los novicios al entrar en la orden, pero no se decidié a efectuarlo sin conocer la opinién del Serdfico Pa- triarca. <Hijo mio, le dijo el Bienaventurado, jlibrenos Dios de hacer una obra de miseridordia que nos obligue a violar nuestra Regla.» Pues entonces, Padre, éc6mo daremos de comer a nuestros huéspedes? Si nos encontréramos en ex- trema necesidad, preferirfa verte despojar el altar de Marfa de sus adornos, y riqueZas, que faltar en lo més minimo al voto de pobreza.Y esté seguro de que la misma Sefiora se consideraria mas honrada viéndonos abservar los con- sejos evangélicos que si adornéramos su altar con las pompas y galas mayores. No nos sorprenda y maraville esa singularfsima predileccién hacia la vir- tud de la pobreza que observamos en San Francisco, porque en ello no hizo mas que conformarse con la voluntad del Sefior, claramente manifestada en ‘una visién que tuvo en los Ultimos afios de su vida, y que vamos a referir, se- gin la hallamos en San Buenaventura: Admirable visién de la Pobreza. 0 ‘ Cierto dfa en que iba a Siena con algunos religiosos, encontré en el llano 4 ¥ i : de Compeglia a tres mujeres tan parecidas una a otra, que cualquiera hubiera dicho que eran hermanas. Igual edad, igual estatura, igual perffl, igual cara e iguales modestfsimos trajes. Adelantdéronse, y dijeron a San Francisco, salu- dandole donosamente: «Bienvenida sea la dama Pobreza.» Y dicho esto, desa- parecieron. Los compafieros de Francisco, testigos de semejante aparicién (que asi lo quiso Dios, sin duda porque importaba a toda la Orden), no dudaron de que tenfa misterioso sentido. Y en efecto, significaba que las tres virtudes que
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