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DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 5 801 Por nuestra parte ni una palabra mas, a este precepto tan claro y categéri- co, que como Terciarios solo nos resta respetarlo y acatarlo escrupulosamente. : ¢éCual pues habré de ser la prensa del terciario franciscano? Aquellas pu- - blicaciones que sean el reverso de todas estas que van descritas; aquella pren- sa realmente buena que desde la cabeza hasta el pie de imprenta ostenten el se- ~ jlo de su catolicismo; aquella prensa que sin ambages ni rodeos confiesa a Cristo, a banderas desplegadas; aquella que no enfunda la bandera para gran- jearse un mercado, 0 procurarse sus escrifores una posicién; ni embota su plu- ma ante un B. L. M. de un politico protector; ni tolera candados de oro que aprisionen su libertad cristiana, cuando se precisa proclamar muy alto la sobe- ranfa social de Jesucristo nuestro Redentor y sumisién de todos los cristianos a _ sus divinos mandamientos, y a la autoridad de la Iglesia y sus ensefianzas, y _ trabaja y se sacrifica poniendo a diario en practica, lo que a diario pedimos en la oraci6n por excelencia el Padrenuestro gue el nombre de Dios sea sanctifica- do y se haga su voluntad santisima asi en la tierra como en el cielo. Esta es la prensa Terciaria, la prensa que cumpliendo los deberes de la in- formaci6én, sostiene el espiritu siempre vivo para la lucha contra el error y los enemigos de Dios; la prensa cuya lectura ni empafia la fé, ni enerva la moral, ni entibia las virtudes que modelan nuesta perfeccién; prensa que no envuelve peligros, que lo mismo pueden leerla mozos que ancianos, nifios que donce- llas, que tranquilamente pueden abandonarse en una mesa escritorio 0 velador en la seguridad que su lectura habra de causar siempre provecho, Suelto ya el nudo gordiano y conocida la buena y mala prensa con relacién al terciario franciscano, resta averiguar la conducta que este ha de seguir con una y Otra: o si cumple sencillamente, con leer la buena y abstenerse de leer la mala. Y a esto contesto afirmando que no, por el caracter de «Soldado de Cris- BS to, de macabeo de la causa de Dios» que le atribuy6 el terciario Gregorio IX y ig lo confirm6 mas tarde Leon XIII en su Enciclica Auspicato>. Por eso en el curso de este trabajillo hemos dejado expuesta la guerra sin cuartel que el terciario debe declarar a la mala prensa, procurando su ruina y desaparicién por todos los medios posibles que estén a su alcance, ya que ella es la ruina y perdicién de tantas almas; guerra que mal se compagina si acude § a esa prensa en busca de reclamos 0 envidndole anuncios, esquelas de defun- cA cién, o haciendo en cualquier otra forma su propaganda, puesto que entonces, y aun sin quererlo, se convierte en su colaborador, haciéndose reo de un infame delito de traicién a Dios y a su Regla Franciscana, ya que con sus recursos con- tribuye directamente ala obra impia y destructora dela mala prensa, con nota- bilfsimo escdndalo de los fieles. Por el contrario, y tratandose de la prensa buena, no sdlo debe leerla, sino favorecerla cuanto pueda con sus suscripciones, con sus recursos, con su pro- paganda, con su colaboraci6n, los que tengan facultades para ello, con sus anuncios y esquelas y procurandola todos aquellos medios de combate de que en general se halla tan necesitada. Esto pide y esto exige el fervor franciscano que debe informar al verdadero terciario, para lanzarlo como un cruzado en auxilio de esa benemérita prensa que lucha en la vanguardia, a pecho descu- bierto, defendiendo la fé, la virtud y el bien, contra el error, el vicio y el mal obrar que se albergan en la prensa mala. Y sin embargo, con verdadero dolor del alma, hay que confesar que son muchos los ferciarios, si no son legién, que leen, se suscriben y conviven con eSa prensa mala, lo cual yo no me explico si no es por el desconocimiento de te3

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