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500 CONGRESO REGIONAL suyos de su-lectura, como de una pécima o veneno, segtin afirma el R. Padre J. Guernica, Capuchino, en su Catecismo del terciario, que dicho sea de pasa- da, debiera ser e! manual de uso constante del verdadero hijo de la Tercera Or- den de San Francisco. Hechas estas exclusiones parece que debiera darse por resuelto el problema dela prensa buenao mala con relaci6éna las obligaciones del terciario; y sin embargo no es asi; que este concepto hay que tamizarlo aun mas, tratandose de terciarios a quienes se les exige una perfeccién mayor que al resto de los cris- tianos, por constituir la Orden Tercera, el estado mayor del catolicismo seglar, su clase mds distinguida, el ejército mas aguerrido en la defensa de los dere- chos de Dios y de su Iglesia y en el cumplimiento de sus respectivas obligacio- nes, ya que su Regla aunque mifigada, por la Santidad de Le6én XIll, es de «no- toria importancia para el cultivo de las virtudes cristianas» segiin frase del in- mortal Pontifice. Es pues la Tercera Orden el vergel donde deben cultivarse las virtudes cristianas, que exigen como es natural defensas y cuidados especiales, como los pide la flor delicada y pura con relacion a la comin y ordinaria; y traténdo- se de virtudes, disciplina mds estrecha y austera que la que rige para el resto de los mortales. Por lo tanto el terciario, no s6lo debe abstenerse y privarse de la lectura de los dos grupos de prensa impia y liberal de hecho y de prac- tica, que han quedado sefialados; sino de esa ofra prensa, muy Ccatélica y y muy del perro chico a la vez, que ora pone una vela a San Miguel y otra al diablo; y que después de mostrarse celosa defensora de los derechos de Dios de Cristo y de su Iglesia, anuncia cuanto se le paga, y cobra cuanto malo quie- ran anunciar, con la mas recta intencién de asegurar su propia vida, y aprove- charse de esos ingresos para combatir la prensa radical o impia; lo que no obsta para que a sus escritores los ensalce a las veces, levantandolos hasta las nubes, no ciertamente para enaltecer su impiedad o liberalismo, sino para hacer justicia a su inspiracién a sus excelentes dotes de novelista, a su castizo escribir o a su buen rimar; y atin haga lo propio con teorfas nuevas 0 atrevi- das, para ponderar el talento y la audacia de sus portaestandartes, y dar con ello la sensaci6n del espiritu progresivo, de su propia ecuanimidad y de su va- leroso andar por entre escollos, a los que se acude a cambio de entradas, buta- cas 0 palcos que comprometen a criticas benévolas de los espectaculos a los que se asiste. Alla ellos con Dios y su conciencia; pero en frente los Terciarios, de esos periédicos y publicaciones, cuya lectura, no afirmamos que mate las almas, ni tal vez desflore una inocencia, pero sf que pone en peligro las virtu- des franciscanas, aquellos habitos del bien obrar, aquella disposicién del 4animo para la practica de las acciones morales, de las acciones buenas encaminadas a asegurar la bienaventuranza eterna, aquella integridad y bondad de acci6én que debe ser la caracteristica de los profesos de la Tercera Orden. Y la pros - cripci6n de esta prensa no la harfa yo, si no la encontrara ya proscrita en nuestra Regla, en el apartado VII del Capitulo I] donde literalmente se dice: «En »su vida privada cuiden los Terciarios de edificara los demas con su buen »ejemplo, ejercitandose en practicas de piedad y en buenas obras. No permi- »tiendo entren en su casa libros ni periéddicos que puedan poner en peligro la »virtud, y no dejen leerlos a ninguno de los que estén bajo su gobierno. Nada mas claro y terminante: no permitan ni siquiera la entrada en su ca- sa, de periédicos que puedan poner en peligro la virtud, para que se deba negar la entrada en la casa de los Terciarios a la prensa de ese corte, ni que se debe leer, ni permitir que la lean, ninguno de los que estén bajo su gobierno.

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