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Wea Se DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 258 tianizar y santificar mas y mas las grandes dotes del espiritu humano, la cien- cia, la poesia, la literatura, la pintura, la invencién, el valor, la autoridad, la grandeza, la vida humana, en una palabra, en todos sus 6rdenes y .manifesta- ciones. Su vigorosa eficacia apostélica es precisamente el fundamento de las hala- giiefias esperanzas de reforma general del mundo, de las costumbres, de la vida cristiana, de la conservacién de !a paz y del orden social que en ella han depo- sitado los Sumos Pontifices, en especial los cinco tltimos. Basta con lo someramente indicado para la demostraci6n de que la Orden Tercera es esencialmente apostdélica y sirva como de base para el desarrollo del asunto propio de esta Memoria. Directa y primariamente, el apostolado de la Orden Tercera se dirige a for- mar de todos sus miembros otros tantos cristianos perfecfos que es su fin pro- pio y esencial; y una vez realizado ese fin, por lo mismo ha formado de todos esos cristianos otros tantos apéstoles dispuestos a desplegarse bajo formas tan innumerables como variadas; y henos aqui en el punto principal que intento in- dicar en esta memoria; esto es, la forma particular en que dcbe desarrollarse el celo apostolico de nuestros Terciarios. 4Quién duda que en medio de nuestras ciudades y de nuestra cristiana sociedad hay muchfsimas personas de ambos sexos y de todas edades, y condiciones que son cristianas justamente de nombre; descreidas, indiferentes, ignorantes; que no cumplen ni con los man- damientos de Dios, ni con los de la Iglesia, ni con los deberes de su estado? Hay otras muchas que aunque por su modo de vivir y por su conducta ordina- ria sean buenos y hasta ejemplares, adolecen no obstante de algtin vicio parti- lar que ha Ilegado a dominarles, el juego por ejmplo; la embriaguez, la desho- nestidad, y otras mil cosas que vienen a ser como lunares en el cuadro de su vida, por lo demas buena y cristiana. En la alta sociedad, a través de su fausto y ostentacion, jqué llagas morales no se descubren! qué podredumbre, qué vida fan mundanal, qué costumbres tan anticristianas con las cuales se han connatu- ralizado de tal manera que no oyen los gritos que no puede menos de darles su conciencia por encallecida que esté! Sobre todo en la clase baja; en el elemento obrero qué ignorancia tan absoluta del catecismo, de lo mds elemental que es necesario saber para poder vivir en cristiano y salvar el alma; qué ideas tan erréneas; qué preocupaciones, qué prevenciones contra la Religion, la Iglesia, el Clero, las Ordenes reljgiosas; por otra parte qué de vicios de todas clases; jue- go, gula, embriaguez, lujuria, ociosidad, avaricia, odio de clases; qué vida, en fin, tanbestial y tan indigna de un cristiano! No es necesario ponderar el tristi- simo estado de tantos j6venes y nifios sin educaci6n, sin vigilancia, en el mas completo abandono porque no tienen padres.o porque los tienen muy indo- lentes. Toda esa multitud innumerable de gentes que viven en medio de nuestra cristiana sociegad estan, me atrevo a afirmarlo, casi en peores condiciones que los mismos infieles de paises salvajes, pues a estos hay ejércitos de misione- ros y misioneras gue van a buscarles en sus bosques, en sus chozas, pero a los otros nadie les busca; nadie les llama, nadie se cuida de ellos. Si; verdad es que en la Iglesia, en su Parroquia les espera el Parroco, el predicador, el mi- sionero, los cuales suponen que acudiraén a ella, pero como en realidad no acu- den, resulta que jamds oyen a P4rroco alguno, ni predicador, ni misionero,

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