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272 CONGRESO REGIONAL de la tierra los minerales y los tesoros, y el trabajador los arranca, los fun- de y los utiliza; El creé la materia comoincompleta, y el obrero es quien contintta este taabajo para Ilevarlo a su complemento; El comenz6 la gran- diosa obra de la creacién, y el hombre trabajador la consuma; Dios es el pri- mer operario, y el hombre laborioso es el segundo; y ambos son siempre amigos y compajieros. éQué mayor dignidad puede tener el obrero que la de ser amigo y compafiero de Dios, del Rey de los reyes? Mas tarde quiere Dios suavizar el trabajo, porque las espinas y los abrojos lastimaban las manos del operavio. Para esto el propio Dios se quie- re hacer trabajador, tomando forma de pecador, para asi purificar el trabajo de las consecuencias del pecado original. En esta grandiosa obra de la Re- | denciém quiere predicar con su ejemplo, y toma carne humana, no en un gran palacio, sino en una casa pobre; nace mds pobre que cualquier operario en un establo, sin tener donde reclinar la cabeza ni con qué cubrir su cuerpo; los primeros que le visitan son también unos pobres pastores; su Madre se ocupa en las humildes faenas domésticas, y trabaja como artesana; aquel que es considerado su privilegiado Padre es también un trabajador; y el mis- mo Jestis maneja las herramientas de su oficio en el taller de Nazaret y bafia el pan que come con el sudor de su frente. Después de treinta afios de vida oculta y penosa, comienza el divino Redentor la grandiosa obra espiritual de su vida ptiblica, andando de pueblo en pueblo con los pies descalzos y en la mayor pobreza, escoge doce pesca- dores u operarios para fundar la Iglesia y evangelizar el mundo, y ellos son los fundamentos de la grandiosa obra, que ha de durar hasta la consumacién de los siglos, ¢Qué mayor garantia de su aprecio podia Dios manifestar al pobre y trabajador? Su alcazar fué la pobre choza de Nazaret; su diadema, la corona de espinas y el sudor de su frente; su cetro real, las herramientas de su oficio; las sortijas de sus dedos, los callos de sus manos; su calzado, unas sandalias o la descalcez; su manto jreal, una ttinica o vestidura de lana; sus viandas, el ayuno o el pan de limosna; su cama, una tarima de tablas; su tesoro la pobreza; y su descanso, la oracién y la penitencia. A ninguna clase de la sociedad dié Jestis tanto ejemplo ni manifest6 mas aprecio que al tra- bajador. Nada tiene, pues, de particular, que !a imagen del Crucificado, Francis- co de Asis, confirme también en su serdfica Regla la dignidad del trabajo con las palabras siguientes: «Yo trabajaba con mis manos y quiero trabajar, y firmemente quiero que todos mis Frailes se ocupen en trabajo honesto; y los que no saben, apréndanlo, no por la codicia de recibir el precio del traba- jo, sino por el buen ejemplo, y para desechar la ociosidad. Y cuando no nos dieran la reconpemsa del trabajo, recurramos a la mesa del Sefior, pidiendo limosna de puerta en puerta». Es dificil poder decir mds en menos palabras, Y si bien el operario sin religién maldice el trabajo, San Francisco quiere que el obrero trabaje con fidelidad /ideliter, sin hacer traicién 4 su amo, y ademas devote con devocién, sin perder su alma y la dignidad de hombre. Estas bases tan claras y sencillas propaga San Francisco de Asis, ense- fia ademas al trabajador a bendecir el pan que bajia con el sudor de su fren- aed 4
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