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DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 265 acudan al Obispo para que los ampare y defienda. Asi ensefié San Francisco lo que en nuestros tiempos ha ensefiado Le6én XIll; que la Iglesia es la que debe dirimir las colisiones de los derechos y sefialar limites a la justicia. Finalmente: con intencién de cortar injusticias de sefiores feudales y librar alos Terciarios del servilismo, ordena, como arriba hemos dicho, que no pres- ten juramento solemne, excepto el caso en que lo apruebe o mande la Iglesia. b.) La Regla de la Orden Tercera y la practica de la Caridad.—Ante to- do téngase presente que la caridad no es la /imosna, como parece que creen determinados elementos del campo social. La limosna no es més que una de las infinitas manifestaciones de la Caridad. Esta reina de las virtudes no se caracteriza por la limosna, sino por un absoluto sacrificio en favor del préjimo. La caridad es un amor sobrenatural, nacido en el coraz6n por motivos, principios y fines sobrenaturales. Y el que ama sobrenaturalmente no da solo una limosna, da todo lo que es y puede, da su ser, da su vida. Erroéneamente escribid Buglé (1) que lo que mas falta hace al’cristiano es la nocién de derecho, y que cien fanegas de caridad no constfituyen un grano de sentimiento juridico. A esto pudiera replicarse: ni con cien millones de fanegas de justicia se llegarfa a solucionar una cuestién social, si faltaré la caridad. La justicia sin caridad no seria virtud cristiana; serfa una virtud ldica, insu- ficiente, estéril, quiza perjudicial. La justicia tiene limites. Y con frecuencia nos vemos imposibilitados de lle- gar hasta ellos porque sus imperativos ceden ante los de otras virtudes o ante las circunstancias. Un esclavo llamado Onésimo huy6 del domicilio de su amo Filemé6n. San Pablo, después de biutizar al fugitivo, lo envia a su amo; pero no invoca los principios de justicia para obligar a este a darle libertad, sdlo in- voca la caridad suplicandole lo trate benignamente. Rara vez la Iglesia invocé los principios ae la justicia para conseguir la extincién de la esclavitud. Aun- que tenia derecho a invocarlos, no podia. La extincién répida de la esclavitud estaba vedada por la prudencia y por la necesidad de mantener el orden social y la vida de los pueblos. En cambio la caridad no tiene limites: Amaos. dijo Jesucristo, como yo os he amado. Y Jess nos amo infinitamente, nos dié su vida. De ahf su eficacia. ’ La justicia se concreta a dar lo que debe; la caridad da lo que debe y todo lo que puede dar. La justicia necesita la ayuda de la caridad. Hay miserias y desgracias que no pueden ser remediadas sino por la caridad. Esta hermosa virtud es la que movi6 a Jesucristo a salvar al mundo. La ci- vilizaci6n de la Humanidad es obra de la caridad mds que de la justicia. La ca- ridad movi6é a los Apéstoles, Misioneros y Héroes del cristianismo a propagar los salvadores principios del Evangelio. La caridad es la reina de las virtudes. No hay precepto mds explicitamente repetido en el Evangelio que este. El objeto de la caridad es objeto divino: Lo gue hagais por uno de estos necesitados, por mi Io hacéis, dijo Jesucristo. Y quiso que la caridad sea el dis- tintivo de sus discfpuios. Y el Apéstol San Pablo dijo: Qui diligit proximum, — implevit (Rom. 15.) De ninguna virtud se han hecho elogios tan cumpli- os. Renunciar los derechos propios en favor del préjimo es més noble y mas (1) Art. ‘Revue Bieue,,, 1 Jul. 1905,

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