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DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 289 un museo de antigiiedades; pero, aqui surge la dificultad; si visten con arreglo al ultimo figurin, caen en el vicio que se trata de evitar, luego se impone un término medio que no es mas que una caricatura de la moda, y da grima vera muchas mujeres, acreditandose de consumadas equilibristas por seguir dos co- rrientes que chocan entre si, devandndose los sesos por buscar una formula que les permita figurar entre las esclavas de la moda, sin dejar de ser hijas sumisas de Jesucristo y de su Santa Iglesia y por ahi marchan orgullosas dé su inventi- va, siendo el prototipo acabado del quiero y no puedo, apologistas decididas de las medias tintas, esto es, de la hipocresfa, del fariseismo condenado por Cris- to Jestis. El habito de las terciarias en la historia éQué hemos de hacer las terciarias para huir de la moda y de su ridicula imitaci6n? Escuchad: Corrian tiempos en que la fé irradiaba con vivisimos destellos, la Iglesia extendia su influencia bienechora por todos los 4mbitos del mundo, y la tierra, toda era un incendio de amor y fervor divino. En esta época las ter- ciarios se distingufan entre la muchedumbre por su hdbito talar, y de tal manera dcmin6 tan santa costumbre, que su uso se hizo general sobre todo en ciertas €pocas, puesto que la Iglesia tom6 cartas en el asunto y asi nos demuestra la Historia que hasta el siglo XVI en Italia, Francia y Espafia y en todo lugar en que hubiese un discfpulo del Pobrecito de Asis, se adornaba su cuerpo con el burdo sayal; después, una frialdad inmensa (como en los tiempos actuales) fué poco a poco amortiguando el resplandor de la fé y jpena da el decirlo! los ter- ciarios fueron olviddandose del habito, hasta que lo redujeron al escapulario y cord6n que usamos. Fervorosas terciarias gpor qué no hemos de ser nosotras las que resucite- mos tan santa costumbre? gqué nos detiene? gel temor a la ironfa de las gentes? No lo temdis; muchas son las scfioras y sefioritas que visten el hdbito del Car- men, de San Antonio, de los Dolores, de San José, etc., etc., y van por la calle sin despertar la m4s leve sonrisa de burla. Debemos pues, adoptar el habito de San Francisco como traje tinico por ra- zones religiosas, por razones econémicas y hasta por razones de buen gusto. Anhelos de Su Santidad En vista de la corrupcién inmensa que invade el mundo y que se ha apode- rado hasta de la santidad del hogar, el Augusto Pontifice ha hecho un llama- mtento a la mujer catélica, sefialandola como regeneradora del mundo, y la re- generaciOn vendréa, cuando el corte de nuestros vestidos, se haga sobre el pa- trén de la decencia y del pudor. No vamos a ser las Terciarias las primeras en escuchar y obedecer la voz augusta de nuestro Santisimo Padre? gno vamos a _ Seguir las huellas de nuestros primerosy fervorosos Terciarios hermanos nuestros? (Nada mas decente, nada mds honesto, que el hébito de San Francls- co) Suponiendo (serfa una ofensa creerlq en vosotras, fervorosas Terciarias) no obstante, suponiendo que los deseos del Papa, no os moviesen a adoptar el habito de San Francisco como traje Gnico, debemos hacerlo primero por econo- mia y segundo por modestia. La modestia. 1.° por economia Hacerse hoy un vestido, es un lujo que muy pocas se pueden permitir; an-
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