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230 CONGRESO REGIONAL «Vayamos a predicar en nombre de Dios,» habia murmurado acatando la voluntad divina, y caminando a la ventura, lleg6 al Castillo de Carma- no, a cuya gente hablo con tan encendido fervor religioso, que todos, hom- bres y mujeres, abandonando sus familias y hogares, querian seguirle. «No os vaydis,—dijoles el Santo,—yo ordenaré lo que debéis hacer pa- ra salud de vuestras almas.» Y entonces, para el gobierno y perfeccidén de los seglares, pensd en fun- dar la Orden Tercera, <organizandola,—dice el inmortal Leon XIII,—menos con reglas particulares, que con las reglas mismas del Evangelio. » Bajo esta nueva ensefia alistanse presurosos hombres y mujeres de toda edad y condicién, y el influjo franciscano penetra y se extiende por el mun- do, instaurando en la sociedad las olvidadas virtudes evangélicas; devol- viendo al hogar doméstico su pristina cristiana dignidad. Y— como antes la que aspiraba a clausura—la mujer del siglo oye ahora también la voz del Serafin de Asis, y siguiendo sus consejos, sin dejar sus casas, ni desamparar a sus hijos; sin abandonar las haciendas, ni obligarse alas estrecheces de la Orden, ejercitan su vida en las virtudes terciarias, conquistando su eterna salvacién. Acreditanlo, entre mil, Santa Isabel de Hungria, la primera mujer que, apenas creada la Orden, cifie’ y santifica el habito en Alemania. Candida y dulcisima virgen, gala preclara de la corte de su padre, mo- delo ideal de esposa y madre cristiana, que entre los esplendores del trono cultiva, hasta lo sublime, la “oracién, la caridad, la humildad, la mortifica- cién; casta vida de veinte afios, que acepta valerosa los dolores de su vida atormentada, consagrdndose a Dios en la persona de sus pobres; que muere en flor, santificada en el ejercicio de Jas virtudes franciscanas, entonando un cantico de triunfo, que los angeles repiten en los Cielos. Del mismo siglo y del comienzo de la Orden es la angélica nifia Rosa de Viterbo, poética heroina de la fé, que vistiendo a los diez afios el habito de terciaria, emprende ella sola, con sobrehumano tes6n, la cruzada contra Federico II, el terrible enemigo del Pontificado. Exhortando a las multitudes con cdlida palabra tribunicia y modestia cristiana, las excita a resistir a los cismaticos, para defender al Vicario de Cristo, y el perseguido Papa puede volver a Italia, y Rosa, cumplida su mi- sidn, puede a los diesisiete afios entregar a Dios su alma herdica y virginal. Con raz6n escribio el canciller del Imperio a Federico estas memorables palabras: «Los frailes Menores y los Predicadores se han levantado contra nosotros, han reprobado ptiblicamente nuestra vida, han roto nuestros dere- chos y nos han redueido ala nada... y he aqui que para debilitar atin mas nuestro poder han establecido dos nuevas hermandades 0 congregaciones que abrazan universalmente a hombres y mujeres. 7odos entran en ella, y apenas se encuentra tuna persona cuyo nombre no esté inscrito en sus registros.» Es la mejor apologia de la Orden tercera en la época; mas si en ella algo faltase, el libro de la Historia continuard hablandonos de las persecu- ciones suscitadas contra la Orden en todo tiempo; prueba evidente de su va- lor la safia con que ha sido combatida por los enemigos de Cristo. * . 4 a 4 _ ‘ q
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