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212 CONGRESO R‘ GIONAL bié a.sus Hijos de la Primera Orden exigir el salario de su trabajo. Con fre- cuencia se confundifa con los mendigos y comfa con ellos en los umbrales de las casas. ; La parébola que expuso el Santo ante el Papa Honorio cuando solicit6 la aprobaci6én de la Regla, es la mejor apologfa de la Pobreza y la mas elocuente exhortaci6n a la confianza ilimitada en la Divina Providencia: «Una joven pobre, pero hermosa, vivfa en un desierto. Vino un gran Rey y se despos6 con ella. Tuvieron varios hijos. Después de algunOs afios el Rey se ausent6. Mas tarde la del desierto dijo a sus hijos: «Id a la corte, pues el Rey es vuestro Padre; y ‘fueron, y el Rey los recibié diciéndo: «Si doy mis riquezas a mis vasallos, con mas raz6n os daré a vosotros que sois hijos mfos». El Rey (expone San Fran- cisco) es Jesucristo; la joven del desierto, la pobreza que estaba despreciada en este mundo. Con ella se desposé6 Jestis. No les faltaron hijos. Somos los que profesamos pobreza. Dios nos dice: «Si doy de comer a los pajarillos gcon cudnta més raz6n os atenderé a vosotros?» He ahf una ensefianza que aunque era del Evangelio, en tiempo de San Francisco sonaba como nueva y admiré al mundo. ' He ahi la escue/a de San Francisco. Y si los Terciarios al iniciarse en esta escuela, al participar de este espiritu, no pueden despojarse de sus bienes, no estan dispensados de adoptar la resignacién en la penuria y de pensar en ate- sorar riquezas celestiales, maés que bienes caducos. 2.° Inspira la caridad; labora por la paz; fomenta el espiritu de asocia- ci6n.—Tan grave mal como la codicia es la falta de caridad en las relaciones de las diversas clases sociales. «Todo el mal, dice Tolstoi, viene de que los hombres creen que hay situaciones en la vida en que se puede obrar sin amor hacia el préjimo; y esas situaciones no existen. Para con las cosas se puede obrar sin amor, para con los hombres no....» (P. Venance p. 38.) La caridad, virtud predilecta del corazén de Cristo, la més amable y deli- cada de todas las virtudes, inspira el heroismo de la abnegacién en favor del prdojimo, ensefia 4 renunciar los propios derechos en obsequio 4 nuestros se- mejantes. San Francisco de Asfs ensefié este delicado concepto de la caridad. Ense- sefid este delicado concepto de la caridad, cuando instruy6 a sus religiosos acerca de la conducta y procedimiento que debfan emplear para conseguir la con- versién de unos salteadores de caminos: envidronles, durante muchos dias con- secutivos, viveres de todas cleses a las madrigueras en que se ocultaban, amo- nestandoles con carifio que abandonasen su mala vida. Asf lo hicieron. Algu- nos de aquellos bandidos pidieron el santo Habito Franciscano con muchas la- grimas; los demas aceptaron una penitencia que les fué impuesta por el Santo. A un pobre trabajador, cuyos derechos habfan sido lesionados por e/ amo, y que lanzaba injurias contra él, acompafiandolas con blasfemias, le dijo San Francisco: «Hermano, perdona a tu sefior por amor de Dios; y Dios guardaré tu alma; y tal vez tu sefior te devolvera lo que te debe.» Y para obtener la conver- sién de aquel infeliz, el Santo le dié el manto, con lo cual consiguié amansarlo y ganar su alma. «{Paz y bien!» exclamaba por las calles de Asfs un misterioso pefegrino el dia que nacié nuestro Santo; con lo cual anuncié fielmente lo que para el mun- do serfan San Francisco y sus inmortales instituciones. El lobo de Gubbio, ladrén y homicida que fué amansado y convertido por
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