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SRE EE RATT MEER DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 197 También en este punto se ha dejado oir la voz del Santo Padre Benedic- to XV, el cual ha dicho: «Procurar por todos los medios hacer penetraren la _ vida ordinaria el espiritu de Jesucristo. La carencia de ideales. Pues bien, armados con ese espiritu combatiremos los males de la socie- dad de hoy, sobre todo esa frivolidad que acusa la carencia de ideales en el in- dividuo y en la sociedad. Con raz6n pudiéramos decir hoy lo que Inocencio Ill dijo de su época: «La sociedad viene a reemplazar al hambre; y el hastfo al de- seo Ae comer.» En la vida moderna jqué de necesidades inventa la concupis- cencia Parece que la vida no tiene finalidad espiritual, parece que nuestras vidas aqu{ empiezan y aqui acaban. Encuéntrase la causa de todo esto en el ambiente que respiramos, en el deseo de bienestar material, en el afan de refinamiento y de lujo excesivo exaltado por el antagonismo de clases, exasperados por el ansia de no ser menos los unos que los otros y todos amadores de sf mismos, queriendo desterrar de la vida el sacrificio. Contra este cimulo de males, contra este, que es el verdadero aspecto de la sociedad actual, 4qué remedio nos da la Orden Tercera? Oigamos sus con- sejos: «Que eviten los terciarios en todas las cosas el refinado lujo y elegancia, ateniéndose al justo medio que conviene a cada uno.» El antidoto eficaz. jAh! Si los cristianos practicdsemos los preceptos de la Orden Tercera, en- contrariamos en ella el antidoto a todos los males y no nos alcanzaria a los cristianos mismos un tanto de responsabilidad y de complicidad en la ruina mo- ral que, por transigencias de unos y otros, todos lamentamos. Prediquemos los terciarios con el ejemplo—que es el mejor maestro—prac- ticando esa templanza y modestia que son el alma dela Orden Tercera y el es- piritu mismo del Evangelio y que nos ensefia lo que es verdaderamente orden en la vida, porque no pretende que, practicando la pobreza evangélica, nos des- prendamos de todos los bienes materiales, sino que manda que usemos de ellos con moderaci6n, como no pretende que vistamos de sayal, sino que vistamos con modestia, como no nos prohibe que intervengamos en asuntos y traéfagos de esta vida, sino que actuemos en ellos con rectitud y porque no quiere que vivamos aislados, cual anacoretas, prescribe que nos demos unos a otros buen ejemplo y por fin que seamos modestos, agradecidos y caritativos en la abun- dancia de bienes, cuanto resignados en la estrechez. Este es el verdadero esp{- ritu de la Orden Tercera, que en manera alguna es una devoci6n, sino la practi- ca del Evangelio mismo y que como muy bien se ha dicho: «si la Orden Terce- ra es impracticable, el Evangelio también lo es.» Queda pues demostrado cudn de actualidad es la figura de San Francisco, la figura excelsa que llena todo el siglo XIII y que triunfa a través de los siglos por su santidad, la figura del Santo que por su amor mereci6 el epiteto de «Se- rafin de Asis», del hombre que sin mds armas que su amor, puso entre el cielo y la tierra la escala que ha Ilevado ejércitos de almas al cielo; y por decirlo de una vez, él combatié los vicios de su época, desperi6 las conciencias y refor- m6 el siglo. Pues bien, sefiores, los hechos se repiten en la Historia, y si San Francis- co fué capaz de curar las dolencias fisicas y morales, individuales y colectivas de su época, fuerza es creer que hoy podré realizar la misma obra.

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