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196 CONGRESO REGIONAL del espiritu, olvidando que a Dios le es deudor el hombre de ese destello de la _ mente divina que se llama inteligencia, y que, en el sentir de los sociélogos, — vive encubriendo con capa de bienestar maic'ial grandes llagas sociales. . Es que la sociedad corre loca a un precipicio porque va arrastrada por una civilizacién sin Dios por consecuencia, su constiiuci6n no es sélida y por ende la familia tiende a desquiciarse y como el coraz6n de los hijos debe formarse al amor de una cristiana vida de familia, el nifio de hoy adolece de todos los de- fectos de un ambiente frivolo. La misién de la mujer. A la mujer, ala mujer cristiana, a la Terciaria toca rehacer con su sana in- fluencia, en parte, por no decir totalmente el edificio social. 6Cémo haréa esto la mujer? Nos lo dice quien, en nombre de Cristo no puede engafiarse ni engafiar- nos; nos lo dicen los Rnos. Pontifices: «Esta Orden tiene por fin guiara sus socios a la perfeccién de la vida cristiana>, dice Benedicto XV al individuo. Y Bi a la sociedad dice: «Creemos que la Orden Tercera contribuird al mejoramiento aah: de las costumbres ptiblicas y privadas.» No nos cabe ya lugar a duda: la Orden Tercera tiene por fin llevar a cada casa y hogar el espiritu de San Francisco. Emprendamos pues, la obra de cristianizaci6n de la sociedad que el éxito nos espera; éxito que consistird en restar talentos al infierno ganando virtudes para el cielo, pues no olvidemos que el infierno esta Ileno de talentos y el cielo lleno de virtudes. (Ap/ausos). No hay que saber mucho para realizar esta obra, que no ha de ser obra de la inteligencia, sino del coraz6n, y a la mujer toca esparcir el aroma de las vir- tudes que, aprendidas en la escuela franciscana, las llevaraé a su hogar, de don- de se esparciran por la sociedad toda. £Qué virtudes son estas? Las pudiéramos llamar domésticas: son las que preconiza la Regla, las que santifican el alma propia y la de los que nos rodean. Por eso decfamos e insistimos en que a la mujer interesa conocer la obra d2 San Francisco, porque es una obra de amor, de abnegacién, de sacrificio: ideales que constituyen la esencia misma de la vida de la mujer. Es obra de lle- var almas a Cristo y la mujer sea esposa, madre, hija o hermana no tiene de- ber mds hermoso que hacer felices a los que le rodean encauzando el coraz6n del padre, del esposo, del hijo o del hermano hacia Dios, y ésto no por devo- cién, no por placer, sino por deber y la mujer cristiana no puede ser cobarde a la voz del deber. (Ap/ausos). A la mujer incumbe combatir esa decadencia, esa anemia, esa indiferencia moral y religiosa de nuestro tiempo, para lo que la mujer misma necesita ins- truirse de sanos pensamientos, que la eleven un poco por encima de Jo que es- 14 a ras de tierra, pensamientos grandes que le ensefien a resistir al empuje de la corriente, de la moda y de las conveniencias sociales, que le ensefien a ver la vida tal como es, a mirar el dolor cara a cara, a acariciar el deber que a dis- tancia parece austero y a sobrellevar las mil contrariedades que a diario trae la vida y que se desvanecen ante una voluntad gue no quiere parar mientes en ellas. Mee La Orden Tercera y la familia. Por la familia y para la santificacién de la familia funda principalmente San Francisco la Orden Tercera. Su finalidad no es salvarse en el aislamiento y en la vida cenobftica, no; el terciario salvaraé mejor su alma, envolviendo a los que le rodean en el espiritu de Jesucristo.
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