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194 . ; CONGRESO REGIONAL las terciarias insignes, orgullo de su sexo, a quienes la Historia ha consagra- do un honroso lugar y la Iglesia ha colocado en el nimero de los Santos. Recordemos los nombres de Isabel de .jungria, Rosa de Viterbo, Margarita de Cortona, y evoquemos, siquiera sea muy ligeramente, sus proezas. Estas y otras mujeres que en la escuela franciscana se formaron—y que se caracterizan por su amor a Dios y al préjimo—son mujeres de accién, de recio temple, a quienes no asustaron las grandes empresas erizadas de dificultades y que dan un soberano menfis a los detractores de la mujer cristiana, que cuan- to mas cristiana la juzgan mds incapacitada para desenvolverse por si sola. Es- tas insignes terciarias que mencionamos, demostrardn que supieron conquistar- se un lugar en la Historia de los pueblos, precisamente porque supieron influir con su accién en sus respectivas épocas. Ante las desigualdades sociales. San- :-:ta Isabel, reina, esposa y madre:-: ¢éCudnto no ensefia Isabel de Hungrfa a la sociedad de hoy? Ella sintié cual nadie el problema de las desigualdades sociales y cual nadie lo resolvié por la formula de la caridad, que es la Gnica que puede hacer esas desigualda- des menos sensibles. Desde la alta jerarquia social en que Dios la habia colo- cado, acude a socorrer a los desheredados de la fortuna y ahi la contempla- mos haciéndose pobre por los pobres y dandoles lo que vale mds que el oro: su hermoso coraz6n. (Ap/ausos). Inspirada en un ideal de fraternidad cristiana, cuida a los leprosos y besa sus llagas, visita las humildes mansiones de sus stibditos, recorre los hospita- les que ella misma funda y es el angel tutelar de su pueblo durante una epide- mia que asol6 al pais. Su vida, fiel reflejo del espfritu de San Francisco, se compendia en estas palabras: fué madre abnegada, esposa amante y gobernadora prudente. Como madre supo defender con varonil entereza los derehos de sus hijos a la sucesi6én de su padre. Como esposa supo llevar al animo de su esposo la _ idea de la carga moral que sobre ellos pesaba. Como soberana, si bien no q.tiso ejercer la autoridad, la ejerci6 en vida y atin después de su muerte ya qe su influencia fué de las que no terminan en esta vida, por ser una influen cia de orden moral; y por fin como mujer dié ala corte y a su tiempo la sensa- cién de una mujer que sabe recabar su independencia espiritual, que vivié con los pies sobre la tierra y los ojos puestos en el cielo y que muere después de euna vida mas facil de admirar que de imitar. Esta es a grandes rasgos, la gran figura de Santa Isabel de Hungrfa, la primera mujer que visti6 en Alemania el habito de la Orden Tercera. Misi6én social de Santa Rosa. Edificados han quedado, atin los historiadores profanos, ante la vida asom- brosa de Santa Rosa de Viterbo. Murié a los diez y seis afios y si bien por su edad no paso de nifia, por los hechos que adornan su corta existencia alcanz6 la cumbre de los héroes y santos. Parece gqne en vida no tuvo mas objeto que resolver en las luchas politicas entre el Papado y el Imperio. Vino al mundo esta insigne terciaria en el momento en que el Papa era combatido por el Em- perador Federico II que trataba de absorver el poder, de usurpar la corona uni- versal. Con este motivo estaba conmovida por la lucha Italia toda. Viterbo fué teatro de sangrientas escenas. Impresionado y conmovido el corazén de Rosa

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