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192 CONGRESO REGIONAL de su tiempo al dedicarle esta leyenda: «Esta Capilla fué el establo donde nacié San Francisco, espejo del mundo». Cristo mismo le inspir6é que le querfa para capitan de sus legiones, pues San Francisco que naci6, segtin la leyenda, rodeado de las sefiales de predes- tinacion, decfa de si mismo: «Sé que con el tiempo seré un gran principe», y el que fué anunciado por las calles de Asfs a las voces de «Paz y bien», merecié del gran Santo espafiol Domingo de Guzman, este elogio: «En verdad os digo que todos los demas religiosos debieran seguir a este santo var6n; jtal es de perfecto!» y el que por corresponder a los favores de la gracia rompe con los x lazos que le unfan a esta vida, merecié tan sefialado favor cual es el oir al Cris- to de San Damian: «Francisco, repara mi casa que se hunde», y San Francisco no ces6 en toda su vida de responder a estos divinos favores. Todo es, pues, © en San Francisco obra de la gracia divina. La gracia aument6 en él el amor a Cristo y toda su vida la consagr6 a se- guir, fielmente enamorado, el ideal que Cristo le trazara. La fundacién de sus tres Ordenes a inspiracién divina es atribufda. Cuenta la leyenda que aparecién- dose Cristo a San Francisco, pidiédle cuanto posefa, y respondidéle el Santo que no posefa mds que su pobre ftiinica: «Mete la mano en tu seno, dice Cristo, y ofréceme lo que halles», y con gran sorpresa suya sac6 tres monedas. Cristo le dijo: «Esas monedas representan tres Ordenes que ti fundarés y que duraran hasta la consumaci6n de los siglos». Vemos, por tanto, que San Francisco rea- liza el plan que Cristo traza. Y si para seguir a Cristo por los senderos del amor y de la cruz tiene que abandonar el bienestar de su casa y sufrir las iras de su padre, si para apagar la sed del infinito bien que le abrasa tiene que beber la hiel de la persecucidn, del odio, de la burla, de la prisi6n, todo esto lo desprecia sin vacilacién, y des- atendiendo en sus primeros tiempos los improperios de las multitudes—como mas tarde desoy6 también el clamor de veneracién de estas—sigue los derrote- ros de Cristo, que como un deber imperioso le mandaba consagrarse a su ser- vicio y Francisco le sigue, pues sabe que lo que Dios quiere siempre es posible, porque con la orden de hacer el bien Dios, da siempre los medios para hacerlo y para el servidor de Cristo la palabra imposib/e es una injuria, mejor atin una blasfemia. Asf siguiéd su vocacién San Francisco. He aquf, pues, nuestro modelo. : El Programa de la mujer. A esta obra de santificaci6én propia y de nuestros semejantes es ala que nos invita Nuestro Seraéfico Padre; y la mujer terciaria no puede retroceder, pues siendo su lema cumplir sus deberes por amor de Dios, con esta sola formula —compendio resumidfsimo de la Regla—el individuo y la sociedad estan a sal- voy la mujer que realiza este programa—tan pequefio en la forma cuan gran- de en el fondo—santifica su alma a la vez que da gloria a Dios. 2Cémo lo hemos de hacer? El hombre es capaz de concebir grandes ideales; pero mejor que el hom- bre los pondré en practica una mujer, cuyo coraz6n se ha enamorado de esos ideales. Ahf tenemos el camino. El ideal, el plan nos lo traz6 San Francisco: a nosotras nos toca, enamora- das de ese ideal, ponerlo en practica. Reglamento de actualidad. ~De qué ideal se trata? De la Orden Tercera. De ese fiel trasunto del Evan-
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