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DE TERCIARIOS FRANCISCANOS 185 raiso, y quebrantada por ello la compensacién arm6nica u ordenada entre am- bas tendencias opuestas del amor, el amor difuso y el inmanente o propio: compensaci6n divina que entrafiaba la justicia original al perderse esta, salvése de aquel cataclismo espiritual la huella de aquella justicia en el coraz6n, 0 sea el principio tinico, universal e inmutable de moralidad que nos prescribe, que nos intima la necesidad de guardar el orden, «esto es, de amar a Dios, a nues- tro Creador, a nuestro Padre, sobre todas las cosas y al préjimo como a noso- tros mismos:» principio que qued6 esculpido en nuestro coraz6n centro del amor, de modo inborrable y perfectamente legible: para que sirviera de faro al hombre en su peregrinacién por el desierto de esta vida, y pudiera llegar, si- guiendo su direcci6n, a los alcdceres de la felicidad eterna. Este principio de moralidad que todos sabemos sentir y todos podemos leer en nuestro corazon, esta integrado a su vez por tres imperativos que son postulados de la compensacié6n armonica de las dos tendencias del amor, las cuales nos ordenan, vivir honestamente—no dafiar a nadie y dar a cada uno lo suyo.—Por eso toda la economia del Evangelio se encierra en una sola idea y en una sola palabra; jamor! Por eso la moral sola y su raz6n de ser se com- prenden en un solo sentimiento; jel amor! Por eso la justicia tiene su rafz en un solo hecho; jamar! Y por eso el fundamento basico y la fuerza del deber y de la Autoridad y de la Cohesi6n social no son otra cosa que una resultante del jamor! En efecto, entre todo lo creado y su creador media una relacién necesaria de causalidad, pero sélo cuando esta es consciente 0 conocida por parte de la criatura, como acontece entre el Hombre y Dios, es reciproca de amor, con amor 0 afectiva: pues siendo insconciente 0 no sentida, segtin ocurre entre los animales irracionales, los vegetales y los minerales, con su creador, no puede ser afectiva, sino meramente insfintiva, biolégica o fisica respectivamente. La fuerza del nexo del amor, en la relacién primera de estas cuatro enume- radas, es misteriosa si, en su esencia, pero conocida, didfana en sus efectos, pues une el querer del hombre con el querer de Dios: y cuando asi se desen- vuelve la actividad efectiva espiritual humana, lo hace razonablemente, ordena- damente, honestamente; y siguiendo esta direccién, la voluntad puede llegar a la perfeccién, al pindculo de la santidad, de la plenitud del amor, de la plenitud de la vida, por que el amor ordenado es la vida. Una vez identificada efectivamente nuestra voluntad con la divina, por el nexo del amor, viendo en Dios a nuestro Padre, quedamos también identificados afectivamente en nuestros préjimos, porque el amor filial nos mueve a amar to- do aquello que nuestro Padre amado ama, y la solidaridad fraternal resultante de la comunidaa de origen y de destino con nuestros semejantes, hace brotar el amor de caridad, el amor en Dios y de nuestros préjimos en Dios, que es el tnico que sin carceles ni bayonetas ni coaccién externa de ningtin linaje, nos impide hasta desear mal a nuestro hermano, por lo que en su virtud ni le quere- mos dafiar ni quiere é] dafiarnos. Finalmente, el amor ordenado a Dios primeramente y difundido entre el préjimo, con la misma intensidad que respecto de nosotros mismos, 0 sea, la Caridad, no puede confundirse con el egofsmo o exageracién del amor propio, que haciendo de si mismo su primer objetivo, si realiza el bien a sus semejan- fes, es tan s6lo por la satisfaccién que en ello siente, como ser sensible e incli- nado a lo bello o por la gloria mundana que le reporta, y no por amor de Dios; en cambio si la Caridad mueve nuestra voluntad a impulsos de nuestro cora-
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