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4 F ! 140 CONGRESO REGIONAL mas. En estas ultimas palabras esta definido también lo que es un Parroco. Pe- ro lo declara mds expresamente en el can. 455: <Parroco es un Sacerdote o per- sona moral a quien se le conffa una Parroquia con cura de almas bajo la auto- ridad del Ordinario.» Segtin estas definiciones, y como lo demuestran aquellas palabras «con cura de almas», una Parroguia, y por consiguienfe un Pdarroco, no es una institucién ordenada a fines econémicos o industriales, como lo son los sindicatos, cajas y otras obras sociales cuyo objeto principal son las ven- tajas materiales de los asociados, sino la salvacién de las almas y los medios para conseguirlo, 0 lo mismo la vida sobrenatural, el cumplimiento de los divi- nos preceptos, la frecuencia de los Sacramentos, la practica de la virtud. De la excelencia de este fin a que los fieles deben aspirar, con la ayuda de su Paérro- co, se desprenden las Il. Multiples obligaciones del Parroco.—Son tantas y tan sagradas que no dudamos afirmar con Lamartine que el Paérroco es «el hombre del trabajo, el hombre en actividad constante.» Es Padre y como tal debe vigilar sobre su ho- gar, que es la Parroquia; cuidar de sus hijos, que son sus feligreses; educarlos y formarlos segtin los moldes de la Religién que él representa; inocular en sus almas la vida sobrenatural, conservarla y aumentarla. Es médico y a él incum- be conocer y curar las enfermedades espirituales de sus feligreses aplicando los remedios convenientes a sus dolencias unas veces cauterizando y otras con suavidad. Es Doctor, que debe instruir, ensefiar la ciencia por excelencia la Re- ligi6n, interpretar sus leyes, explicar sus preceptos, porque de sus labios deben oir todo esto sus feligreses, segtin aquellas palabras: Labia sacerdotis custo- diunt scientiam et legem requirent ex ore ejus. Es, en una palabra, como dice el P. Hilaire, «el hombre de Dios y el hombre del pueblo», es decir, el hombre consagrado a Dios mediante la oraci6n y la practica de las virtudes, y el hom- bre del pueblo a quien ricos y pobres, sabios.e ignorantes, grandes y chicos acuden con confianza en todos los acontecimientos de la vida, ya tristes, ya ale- gres, ya en la vida privada del individuo como son los asuntos y cuestiones de la colectividad. Pero para cumplir este inmenso ciimulo de obligaciones que sobre él pesan tiene muchas Ill. Dificultades gue se oponen en su ministerio.—Al hacernos cargo de estas dificultades no tenemos en cuenta precisamente las que presentan los ad- versarios de la Iglesia, cuyo lema constante es resistir a la verdad: Vos semper Spiritui Sancto resistitis; ni las que surgen en los pueblos todos, aun peque- fios, por el ambiente de irreligién e impiedad que se ha extendido en la sociedad actual y va mermando la fe y la religion con perjuicio de la accién benéfica del Sacerdote. Nos referimos a otro género de dificultades que brotan de la situa- cién misma en que se halla el encargado de una Parroquia. Tales son la falta de tiempo y la soledad en que vive. La primera salta a la vista de todos con solo recordar las multiples obligaciones a que aludiamos en el punto anterior. Si quiere cumplirlas dignamente—y creemos que todos los Paérrocos desean cum- plirlas—han de invertir mucho tiempo en el estudio, en el conocimiento de la Pa- rroquia, en reprender a unos, en aconsejar a otros, en atraer a los que se ex- travian y en alentar a los que caminan rectamente. Todo esto, unido a las exi- gencias que le demanda el ministerio, hace que lleguen dias, y no pocos, en la vida del Pérroco, en los que aun para el rezo del Breviario, obligacién ineludi- ble, le falta tiempo. Por otra parte la‘soledad en que vive, y nos referimos a la soledad en el ministerio, es la segunda de las dificullades que vamos conside-

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