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Pero el relato viene, luego, adornado con las cualidades imaginati– vas de cada narrador, teniendo en cuenta, también, la tradición barí. Cada anciano que relata este mito procura situar las respuestas no sólo de los orígenes en general de estos grupos humanos distintos del grupo étnico barí y de los animales, sino precisando, además, el orige:1 de sus características principales y de sus distintas funciones. Los barí, en este mito, siguen manifestando sus dotes privilegiadas de observa– dores profundos. que los relatos, siendo fieles al mensaje central, se actualizaban según la1 dis– tintas circunstancias. Las diferencias que se aprecian en los distintos relatos se refieren, más bien, a ciertos detalles sobre la forma de la casita-pasadizo, la indicaci6n concreta de los palos, sin afectar en nada a lo esencial de la narraci6n. Conviene, no obstante, precisar sobre algunos de estos detalles que pudie– ran afectar al mismo mito y sobre los que, creemos, se ha escrito un tanto alegremente sin comprender la intencionalidad de aquél. El pequeñito al que se hace referencia en el relato nó era hijo de Sabaseba, como escribe A. de VrLLAMAÑÁN, Cosmovisi6n .. ., 6. Ni mucho menos la narraci6n puede encajar ciertos detalles, como el que dicho autor indica al llegar Sabaseba del cClluco. Sería no tener en cuenta la importancia que dicho personaje adquiere en la cultura barí (6-7) . Por lo que;: se refiere al nombre de la viejecita, R. JAULIN no duda en afirmar: «El crimen de los hombres-tierra corresponde al asesinato de la madre de Orugdo, Oseshibabio, cometido por el propio Orugdo>;> (La paz blanca. 1ntroducci6n al etnocidio, Buenos Aires 1973, 68). En nuestras in– formaciones nunca apareci6 el nombre exacto ni de la viejecita ni del niño ni del que esparci6 la ceniza. Creemos que esta forma no concreta de los nom– bres corresponde más al primitivismo de la narraci6n. A. de VrLLAMAÑÁN es– cribe también sobre este mismo punto: «En cierta ocasi6n una viuda (siba– bi6) llamada Oséndou tenía un niño hijo suyo, que se le murió desnuc, do y se .lo comi6. Paseando por el monte le cay6 el árbol encima y la mat6. Cuando quemaron el monte la mujer también se quemó. Entonces pasó por allí Urzmd6u y comenzó a esparcir las cenizas de la mujer a puñados y así de la ceni~ fue saliendo la otra gente y los animales» (Misi6n y antropología. Origen ae los hombres y cosas del otro mundo según la tradici6n de los motilones barí, en Ven.Mis. 31 (1969) 270). Creemos que el sentido del mito queda desvirtuado en esta narraci6n. Mucho más todavía queda desvirtuado en lo que el nismo autor indica . sobre el origen de otra gente distinta a los barí. «Otra gente nació de la ceniza de una vieja, quemada en el monte. Sanshídou, Moashí y Dabadd6 salieron de animales. Del cuerpo . de un dabadd6 muerto salieron la– pas y picures...» (Misión y antropología. El mundo según los motilones, eirr Ven.Mis. 31 (1969) 330). En cuanto a la intencionalidad de este relato, tan característico, y que mar– có toda una tradición hist6rica en la cultura barí, hemos de indicar q;ie se pretende hacer resaltar, en primer lugar, la superioridad de su etnia sobre todo el resto del mundo por ellos conocido. Descubrimos, también, una posi– ble condena de la actitud comunitaria de la «Sibabi6»: no supo ocupar el rol -su misión- dentro del grupo familiar al que pertenecía. Produjo con su comportamiento una desintegraci6n familiar, tan aborrecida por la forma de ser de este pueblo. 233 16

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