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-80- y el hombre acaba por declararse en guerra contra Dios. Estas generaciones de encanallados por ausencia de lo divino, de lo puro, de lo elevado, no sienten las emo– ciones del culto religioso, no se ponen al alcance de la palabra del sacerdote que habla en nombre de Dios, no tienen de la religión, ni de la piedad otras nociones que fas que propalan sus detractores. La vida mundana es frívola; perdido el sentido de Dios, no preocupan los problemas del espíritu que se agita en todas direccio– nes y sobreviene esa movilidad extrav-iada por estar descentrados de Dios, que es quien solo puede dar es– tabilidad a la vida humana, porque solo El solicita to– -do su peso, como dice genialmente Fenelón. ¿Puede darse mayor desgracia que no apreciar la vida y el tiempo sino por el dinero que produce o por el dinero que el placer consume? Así se ha perdido en los pueblos sin fe la razón de guardar el día festivo; la .cesación del trabajo no tiene otra razón de ser que la que puede invocarse para las máquinas y los brutos; se .establecen turnos entre los hombres, y la huelga perió– dica no les habla del alma, ni de Dios, sino de comer, solazarse y dormir para comenzar de nuevo a trabajar. La lglesía católica ha consagrado templos suntuo– sos para recibir en ellos como a hijos de Dios a los cris– tianos rendidos del trabajo semanal; el domingo está sefíalado para las emociones espirituales, para el culto religioso, para santificar un tiempo que Dios se ha re– :servado; entre las oleadas del incienso y las armonías del canto. y las plegarias comunes y la asistencia al San– to Sacrificio y el recuerdo de los muertos el pueblo, sen– •dllo, lo mismo que los intelectuales, encuentran la vida

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