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-76- cecillos, bendijo/os también, y mandó distribuir– los. Y comieron hasta saciarse; y de las sobras recogieron siete espuertas; siendo cerca de cua– tro mil los que habían comido: y enseguida jesús los despidió. Aclaración literal del texto. Es la segunda vez que el Sto. Evangelio nos ofrece el espectáculo de muchedumbres tan ávidas de la Pala– bra de Jesús que, por oirla, se olvidan de comer, y aJe– sús proveyendo amorosamente a esta necesidad. La primera multiplicación de panes y peces refiérela San Juan en el c. VI, y se recuerda en el Domingo IV de Cuaresma, como lo vimos en este Homiliario(Vol. I pág. 65). Vimos allí a cinco mil hombres alimentados prodi– giosamente en el desierto sin contar mujeres y niños. Son ahora cuatro mil personas aproximadamente las que comen el pan milagroso; en ambas ocasiones se nos muestra al Divino Salvador tomando la iniciativa, ade– lantándose a la petición del pan material y ofreciéndo discretamente darlo, a poco que se lo pidan. La Provi– dencia está siempre pronta a socorremos; es el mismo Amor creador, la misma Omnipotencia que nos hizo y que nos conserva, pero que, tratándose de seres racio– nales, quiere que reconozcan su necesidad y que todo lo han recibido de Dios: ¿qué menos podía pedimos el Señor con quien nos relaciona el instinto de la propia conservación?.. En este milagro que consideramos hoy manifiesta Jesús el rasgo predominante de su Corazón

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