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- 197- ahí las riñas, las rencillas suscitadas por la envidia y la ambición cubierta del oropel cómico de los uniformes, subida en estrados escénicos, regulada por el protocolo de las precedencias, y sostenida por privilegios que ha• gan sobresalir al vanidoso del común de las gentes. Todo signo externo de honor y de jerarquía que no res• ponde al valor real de quien lo ostenta y a la legítima y sobria distinción sensible de las clases sociales es ju– guete de niños disputado por los mas audaces, engreí– dos de su valer imaginario. Nadie puedQ olvidar las disputas, pugilatos y discusiones que alguna vez haya presenciado entre gentes muy formales del mundo, vacíab del sentido de la realidad. Parece que en salvan– do la honrilla, en atrapando el puesto, ya han crecido algunos palmos aunque sientan su alma arrastrarse por los suelos. Consecuencia de ello los desaciertos, los errores y los crímenes con que los fatuos deshonran el puesto que ocupan y al que ni Dios ni su competencia o su mérito los llamaban. Y toda esa lridícula vanidad cabe admirablemente en hombres puritanos y legalistas; sí, porque ante todo es preciso cumplir las leyes, salvar las apariencias y procurar echar vendas a los ojos de la justicia y de la verdad para que no haya quien proteste de los intrusos; así lo hacían los rabinos esclavos de las apariencias y enemigos de la Verdad divina hecha carne y hablando por boca de Jesucristo. Y lo peor es que los mundanos, desconocedores del espíritu del Evange– lio y aferrados a teorías humanas de su código del ho– nor, no pueden ni quieren entender el orden jerárquico establecido en la Iglesia, que es el reino de Jesucristo sobre la tierra; oídles hablar o leed lo que escriben so-
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