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-147- detenerse a pensar r¡ue era un enemigo, un judío que detestaba a los de su nación, se desmonta del caballo, se inclina hasta el que yace en tierra casi muerto, lo reanima, lo cura piadosamente, lo carga en su cabalga– 'dura y, dejando de lado los negocios que le llevaban a la capital, se detiene en el mesón inmediato y allí gasta su dinero y su tiempo, y se dedica en persona al alivio de aquel desgraciado. Descrita asi la escena, pregunta jesús, a su vez al escriba: ¿quién fué el prójimo para el hombre que cayó en manos de los bandidos? No d~e si el herido era o no prójimo para el samaritano; pues la pregunta hecha así colocaría la respuesta en boca de quien no tenía necesidad de auxilio, sino que debe darla el necesitado en el momento que se siente aliviado en su desgracia. Indudablemente que el herido no titubea– ría y contestaría: mi prójimo es el que me hace bien. Así contestó el escriba; el prójimo fué para el herido el que lo cuidó y alivió. Entonces le replicajesús:«ve y haz tú lo mismo.» Como quien dice: si quieres demostrar que arí:tas a Dios y al prójimo, sacrifícate por él, socó– rrelo, hazle todo el bien que puedas y vivirás: esa es la realidad de la vida. Argumento apologético. Nítida como la verdad es la respuesta de Jesús; el prójimo es todo hombre en relación con sus semejantes; no cabe excepción alguna. Percí el egoísmo humano obscurece la verdad con su casuística interesada; acep– ta la teoría, aún se permite una vaga compasión por -el que sufre: quizá da dinero o defiende con bellos dis•
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