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-146- )as obras, saliendo enseguida en dirección al prójimo como consecuencia del mismo amor a Dios. «Muy bien has respondido, díceleJesús, haz esto y vivirás.» Pero e) escriba necesita saber más: las glosas caprichosas de sus colegas y la casuística de los doctores habían em– brollado la sencillez de la ley, reduciendo por unos el amor del prójimo al amor de sus parientes, por otros al amor de sus correligionarios o de sus compatriotas, ne– gando al extraño ta calidad de prójimo, y desligando al judío de cualquiera obra de piedad y misericordia con él. He aquí porqué pregunta el escriba ¿y... quien es mi prójimo?: pregunta infantil, al parecer, malamente contestada por la teología rabínica desde que no reco– cía en Dios la razón única del amor a nuestros seme– jantes. Jesús se desentiende como siempre de aquella teología insubstancial, y va derechamente a colocar la cuestión en su verdadero terreno, en .el de la vida real ante la desgracia, el dolor, la miseria de un hombre ne– cesitado con urgencia de un prójimo que le socorra sin consultar la jurisprudencia rabínica. Es un pobre cami– nante judío que, 'entre Jerusalén y Jericó, ha caído en manos de ladrones y ha sido por ellos despojado y mal– tratado y dejado medio muerto a la vera del camino, desangrándose, sin poder ni pedir auxilio. Este herido y robado encontrará un prójimo en el samaritano ene– migo suyo por raza y por religión; antes que él habían pasado por junto al desgraciado un sacerdote, que no se digna parar en él la atención, y un levita que lo mira un momento y pasa de largo sin creerse obligado a so– correrle; no es su pariente, ni su amigo sino un ser ex– traño: no era su prójimo. En cambio el samaritano, sin

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