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-138- preocupáramos más de instruimos en ella, impediríamos que la ignorancia atrevida, el cinismo de estos sordo– mudos del espíritu se atreviera a desentonar de la ar– monía del lenguaje cristiano con heregías y blasfemias intolerables. Es un hecho que, aparte de esta ignorancia agresiva, existe ambiente pasivo de ignorancia religiosa, es decir, despreocupación en los fieles por cuanto pudie– ra ilustrar su fe y poner en sus labios palabras de defen– sa y contestaciones acertadas que hicieran enmudecer a los impugnadores de la verdad; el hecho es que pocos saben hablar correctamente de la religión, que personas piadosas y adictas ajes,ucristo incondicionalmente, son incapaces de hablar de El rectamente; no son sordos ni mudos, pero como si lo fueran, porque no están instrui– dos; no saben más que lo que aprendieron en la infancia, y, por ventura desfigurado con mil patrañas que se les antojan verdades probadas. Así se explica, el atrevi– miento de los malos; cuentan con la ignorancia de los buenos; los jóvenes estudiantes suponen que su madre y sus hermanas no saben palabra con qué contestar las inepcias que ellos aprenden en sus libros o de labios blasfemos, y las repiten en su casa con aire triunfador; no hay quien les replique. Igual hace el marido incrédu– lo o disipado con su esposa piadosa, pero ignorante, y el amigo barnizado de ciencias con el amigo espantadizo por ignorancia religiosa; y asi triunfan los anormales del espíritu e imponen como regla la conversación ge– neral, la tartamudez del necio, o las estridencias del mundo que sabe gritar, pero no articular palabras. De donde se deduce el empefio que debemos tener en ins– truimos como nos lo manda la Iglesia, y en instruir su-
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