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Undécimo Domingo después de Pentecostés La ignorancia religiosa es gravisima enfer– medad del alma; quien la padece no puede ha– blar de Dios sin blasfemar y escandalizar; so– lamente oyendo antes atentamente la palabra de la revelación divina sabremos hablar recta– mente y ensefiar a los de más. Evangelio según S. Mares. (Cap. VII) En aquél tiempo dejando jesús los confines de 1iro, se fué por los de Sidón hasta el mar de Ga– lilea, atravesando el territorio de Decápolis. Y presentáronle un hombre sordo y mudo, supli– cándole que pusiera sobre él su mano para cu– rarlo. Y apartándole jesús del bullicio de la gen– te, le metió los dedos en las orejas, y con lasa– liva le tocó la lengua; y alzando los ojos al cielo arrojó un suspiro y dijo: Ephetha que quiere decir: abríos. Y al momento se le abrieron los oí– dos y se le soltó el impedimento de la lengua y ha– blaba claramente. Y mandó/es que no lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, con tanto mayor empeño lo publicaban, y tanto más crecía su admiración, y decían: Todo lo ha hecho bien: El ha hecho oír a los sordos y hablar a los mu– dos.

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