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-131- de la Casa de Dios tan malo y manchado como entrara». Dios no lo quiso escuchar, ni se dejó engai'iar por aquel brillante discurso en que enumeró sus méritos y despreció al publicano. Aquel Yo tan sonoro ofende los oídos, [del · Sefior; «porque todo el que se ensalza, será humillado y el que se humilla, será ensalzado». Fijáos bien; si voso– tros os creéis tan buenos que no necesitáis que nadie os reprenda, ni corrija, sois soberbios, os ensalzais; por lo mismo, Dios permitirá que seais humillados, que aun en · este mundo os conozcan tales cuales sois y os desprecien; porque el que tiene defectos y no los quiere ver y los e– cha a la espalda y se fija solamente en los de los demás, consigue que los demás lo conozcan tal cual es y se rían de él. Va un niño por la calle muy entretenido, y, por de• trás, llega otro chico travieso y le cuelga del faldón un monigote de papel. El otro sigue andando muy ufano: pe– ro luego observa que todos los transeuntes le miran y se sonríen, y que los chicos le rodean y le señalan con el dedo. Entonces él, avergonzado, echa la mano a su espal– da y se encuentra con el sambenito, y lo arranca, y lo rom– pe en mil pedazos. Pues así son los nifios vanidosos: lle– van el monigote de sus defectos, a veces muy feos, en la espalda: ellos no lo ven, pero lo ven otros y se ríen de ellos y con razón. Procurad, pues, mirar siempre vuestros defectos para enmendarlos: es el mejor modo de que na– die los vea; arrancadlos con valentía y pidiendo a Dios luz para conocerlos y gracia pal'.a corregirlos. Pero para esto es necesario ser humildes; aceptar las advertencias de los mayores; escarmentar en cabeza ajena, es decir. observar el mal de los otros para no caer en lo mismo, y así merecer que Dios os perdone, y los santos del cielo y el Angel de la Guarda, que os!sigue por donde quiera, 'os tengan por amigos en la tierra, y os entren después en el cielo, patria de los humildes y limpios de corazón.

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