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-130- quefios: ¡como no se pueden defender!! mi mamá me quie– re mucho a mi, porque yo soy el mejor de todos. l'o, yo, yo•.. pero, quién es ese sujeto tan repetido por la boca de los ilifios vanidosos, soberbios, dominantes y acusadores de sus hermanos y compafleros?: pues ese yo es el fariseo, el pretencioso que no sabe hablar sin alabarse a si mismo y compararse con todos y despreciarlos. Es un personaje importantísimo que anda siempre exhibiéndose o apuntan– do con el dedo a su personita como quien dice: «Aquí es– toy YO>. Estos chicos que tan presente tienen su yo para excusarse ante los mayores, para acusar a los demás, que jamás quieren reconocer que han faltado ¿cómo rezarán al Seflor?: ¿acertarán a pensar en la divina presencia que ellos son malos, que le han ofendido, que necesitan de su misericordia y que no la merecen? La pedirán humildes y la esperarán confiados en el amor que 'Dios les tiene?.. Aun suelen encontrarse fariseitos de estos que en el mismo sacramento de la Penitencia procuran disimular sus faltas y excusarlas: «Es verdad que yo contesté a mi ma– dre, pero es que ella me había reprendido sin razón)): cierto que reflí y pegué a mi hermanito, pero el me pegó primero: « Yo dije esta palabra fea, pero otro chico la ha– bía dicho antes»... y así... De manera que si fuésemos a creer a estos orantes, tan parecidos al fatuo fariseo de. que nos habla Jesús, no tendríamos en las catedrales más espaciosas lugar para levantar altares a tanto santito, ni en toda la Arabia halláramos incienso para perfumar esos altares; por esto sin duda, ellos solos se inciensan y se ciegan con el humo de su vanidad. Atención por tanto, mis queridos niños, a las graví– simas palabras que Jesús dijo en el Evangelio que habéis oído leer. El pobre publicano humilde que echaba la culpa de sus malda~es a si mismo salió del templo justificado, perdonado; mas el fariseo, que se proclamaba santo, salió
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