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-125- ra con filial confianza; todo lo demás es imitar la acti– tud de Lucifer, cuando creyó poder prescindir de su Creador, envanecido con la luz que de Dios recibiera, enamorado de su propia hermosura y envalentonado con su fuerza: ¿por qué el Señor tan pródigo con el án– gel en dones de naturaleza, condiciona tos de gracia antes de declararlo ciudadano de su gloria?... siéntese humillado en su orgullo y pretende como un derecho lo que es pura gracia; brota enseguida el despecho, se siente desligado del Creador y se lanza presuntuoso a la conquista de esa gloria que reclama por suya propia. Rotas así las relaciones de dependencia y subordi– nación, de amor y de esperanza, queda hecho enemigo de Dios, cree todavía en Et, pero tiembla de rabia y de furor al verse lanzado al abismo, lugar de los fracasa– dos por orgullo, asilo desesperado de los mutilados de la guerra contra el Omnipotente. Esta es la caracterís– tica de los hijos de Belial, tomada hoy como divisa del progreso humano, reconocer que hay Dios, pero no pedirle nada, ni esperar nada de su ·bondad, sino to– do del esfuerzo del hombve; así el culto religioso se ha reducido para muchos al sentimiento artístico, a la emo– ción sentímental de la creación material; nada de ora– ción, ni de acción de de gracias; no saben arrodillarse; están de pie como el fariseo, rígidos y suficientes co– mo quien da a entender al Omnipotente que le permiten ser y que debe agradecer que no lo insulten. Es el na– turalismo del siglo XVIII, llevado a sus últimas conse– cuencias por el modernismo que pretende transformar en Dios al hombre. Esa arrogancia diabólica, mil veces desmentida por el fracaso de tantas divinidades de

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