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Décimo Domingo después de Pentecostés La soberbia es vicio detestable a Dios y a los hombres; así como la humildad atrae la Bon– dad divina y es prueba de bondad para con nuestros semejantes. Evangelio según San, Lucas (Cap. XVIII). En aquel tiempo dijo Jesús a ciertos hombres que presumían de justos y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro publi– cano o alcabalero. El fariseo, puesto en pie, ora– ba en su interior de esta manera: Oh Dios, yo te doy gracias de que no soy como los demás hom– bres, que son ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces a la semana,' pago los diesmos de todo lo que poseo. El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni aún los ojos osaba levantar al cielo, si– no que se daba golpes en el pecho, diciendo: Dios mio, ten misericordia de mi que soy un pe– cador. Os-declaro, pues, que este volvió a su ca– sa justificado, mas no el otro: porque todo áquel que se ensalsa será humillado: y el que se humi– lla será ensalsado.
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