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-119- eso mismo se llama nave al espacio cubierto por esas bó– vedas: ya sabéis que tas naves sirven para navegar, para surcar los mares e irse muy lejos. Así nosotros, embarca• dos en las naves de tos templos, surcamos este mundo lleno de peligros y aportamos. a ta patria del Cielo. Ve• réis ahí sobre et altar los manteles que recuerdan tos líen• zos benditos con que La Virgen envolvió a Jesús-Niflo, y los sudarios y mortajas que lo envolvieron en el sepulcro, muerto por nosotros. Rodeando el altar y haciéndo ta corte a Jesucristo, que es el gran «Pontífice siempre vivo y vigilante para in• terceder por nosotros», ponemos tas imágenes de los San• tos sus mejores servidores: y al frente de todos y sin que falte en ninguna iglesia la Imagen amada de la Virgen-Ma– dre, pues Jesús no estaría contento, si no le recordáse– mos que comenzó a ser nuestro hermano y nuestro amigo por María, y que no nos escuchará, si estamos reñidos con Ella, pues Já quiere más que a todos. Fijaos bien y ve– réis que al lado del altar se ve siempre ardiendo una lam• parita de aceite. Esa luz tranquila y perenne es la mirada de los ojos de Dios que aquí nos vigila, es el fuego que de continuo arde en et Sagrario, y debe ser aviso para que nosotros estemos aquí siempre despiertos mirando al Se• ñor y ardiendo en su amor. En lo más alto del templo sue– le estar el coro para los cantores; y nosotros, cuando oí– mos cantar, hemos de acompañar tas alabanzas que desde allf se elevan a Dios: por eso está alto el coro, para que domine el canto y lo guíe armónicamente. Ya veis como todo tiene su significado. Pues si os ponéis a observar ta iglesia desde afuera; lo primero que se ve es la torre; está en el lugar más alto del edificio, desde allí, como desde atalaya, grita Dios a sus hijos que se acuerden que tie– nen Padre en los cielos, que miren hacia arriba, que va– yan al templo para saber noticias del cielo y aprender los

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