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-116- nen apremios de tiempo para:su Dios yiSefíor. Entremos en la Casa de Dios con religioso respeto; aquel lugar es santo; esas actitudes profanas, esas conversaciones innecesarias, esas posturas callejeras ofenden la pre– sencia de Dios y la de los ángeles que asisten reveren– tes a su trono. Nada digamos del impudor femenino traído al templo como una oleada de mundanidad, para llamar aquí la atención de ojos que deberían mirar so– lamente al altar. Aquí no se adora otra carne, que la carne crucificada de Jesucristo, o la santa Eucaristía que es su carne velada con el Sacramento. Exhibir an– te el Crucifijo la moda, el impudor, es insultar los dolo– res de Jesús y profanar los divinos misterios. Oremos, por fín, en el templo con sincera piedad y con profunda humildad; estamos ante nuestro Padre celestial que co– noce nuestras miserias y desea remediarlas; ante nues– tro Juez Supremo que espera la voz del arrepentimiento para perdonarnos: estamos ante la puerta del Sagrario donde está encerrado el Pan del Cielo, sustentador de la vida del alma; implorémoslo con fervor y sentiremos nuestra alma confortada, y cuán verdadadero es que «es más agradable un día en la Casa de Dios que cien en los palacios mundanos. «Cuando oigamos la voz de la campana, acudamos; es Dios que nos llama a su casa con esa voz misma que un día marcará nuestra agonía y nuestra entrada en la eternidad.»

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