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-102- de Dios; y en este concepto la limosna es un acto de religión, como la santificación del domingo, que es el impuesto sobre el tiempo de vida que se nos concede: pero además es el aprovechamiento de ese impuesto en favor de los pobres, así como los gobernantes usan (o deben usar) las contribuciones impuestas a los ciudada– nos, para levantar las cargas comunes de la sociedad y para el mantenimiento de la misma. Tal es el sentir de la Iglesia que ha tomado para el mundo cristiano las palabras del Deuteronomio: «No faltarán pobres en la tierra que habitéis; por lo mismo yo te mando que abras la mano en favor de tu hermano y del pobre que vive contigo». San Agustín dice: «To– do cuanto Dios nos ha dado y supera nuestras necesida– des no nos lo ha dado para nosotros, sino para repartir~ lo entre los pobres». Y San Ambrosio: «Los bienes temporales que se dan al hombre son realmente suyos cuanto a la propiedad, pero, cuanto al uso, son además para otros que pueden con ellos sustentarse». No se toca por lo tanto, et derecho de propiedad, sino que se con– sagra y se fijan sus raíces en el derecho transcendental divino, más firme fundamento que las teorías de filóso– fos y economistas. Los ricos son pues, administradores de Dios para los pobres: así ha satisfecho el Señor a los gritos del dolor y del hambre y ¡¡ay del que endu– rece su corazón ante la miseria que conmueve el cora– zón de Dios! 1 ...

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