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-100- minio de Dios y de que, además de los títulos humanos legítimos para usufructuarla, existen otros títulos divinos que et pobre puede invocar para no morirse de hambre. Argumento Apologético Colocados por la doctrina cristiana en este orden de ideas, podremos resolver satisfactoriamente en prin– cipio los conflictos siempre candentes entre pobres y ricos, entre el capital y el trabajo, entre el derecho na– tural de propiedad y sus necesarias limitaciones socia– les. Este derecho es intangible: nadie puede atacarlo ni aun con teorías utópicas sin mover uno de los silla– res de la sociedad y traspasar la más elemental justicia. La propiedad absoluta ilimitada pertenece solo a Dios, pero el hombre tiene real y verdadero derecho a apro– piarse, con la ocupación y con el trabajo, la tierra y sus frutos, y proveer con ellos a sus necesidades y a las de sus hijos en lo presente y en lo futuro: la pre– visión es la inteligencia y el trabajo adelantándose al porvenir, y en ella se apoya el derecho a los~bienes he– redados. Pero en el orden moral el uso de estos bienes tiene siempre una limitación marcada por el bien co– mún. El propietario, una vez satisfechas las atenciones de su existencia y la de los suyos, y lo conveniente pa– ra su estado, tiene obligación de dar lo superfluo a los pobres; y esta obligación no emana de la decantada so– lidaridad humana, ni de los dictados de la justicia con– mutátiva; viene de más arriba, se engendra en el orden moral· que es el de los designios de Dios sobre los in• dividuos y las sociedades. ¿Podría cualquiera acumular

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