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182 DR. J. M. NUÑEZ PONTE bajo. Como víctima reparadora y propiciatoria, sométese a mortificaciones y torturas más o menos explicables, pero la más increíble, la menos fácil de llevar, la que envuelve el máximo desasimiento de la tierra, la que más incita la agu– da, la curiosa malicia de los mundanos por su grandiosidad y misterio, es indudablemente la del silencio continuo a que con voluntad no interrumpida se sujetan aquellos hombres de hueso y carne, que si abren sus gargantas es para cele– brar las alabanzas del Señor y magnificar sus misericordias. Preciso es convenir que el silencio es la grande escuela donde se aprende a conservar la virtud y se adquiere la sa– biduría. El que guarda su boca y es señor de su lengua, lo es también de sus pasiones. Los labios son puerta por don– de el demonio se entra hasta el corazón. Sin embargo, no son de despreciar los consuelos que derivamos de la comu– nidad con nuestros semejantes, por lo cual el cercenamiento de la lengua es el más duro de los sacrificios. "Yo no me había encontrado nunca, -decía Monseñor Castro refiriéndose a la Cartuja de Miraflores-, tan grave– mente impresionado por una ausencia más completa de todo ruido, de todo movimiento, como si hubiera bajado al fondo de una tumba. Resalta una pobreza extrema; de manera que me sentía oprimido ante aquel apartamiento absoluto de cuanto pueda hacer siquiera medianamente cómodas las tareas inevitables de la vida. dejarlo todo para gcxnarlo todo: sepultarse en este mundo para resucitar a la vida per– durable. El mundo llama a esto suicidio moral, y considera '.-.:; renuncia de esos hombres como inútil y aun perjudicial a la sociedad. Si la vida no fuera sino la materia y el movi– miento que los sentidos perciben, el mundo tendría razón. Pero si hay un reino invisible del espíritu: reino cuyo cami– no fué trazado por la Cruz de Jesucristo, la inmolación del
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