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, EL CONSEJO DE LA CARIDAD 291 Art. 1. EL CONSEJO DE LA CARIDAD 488 En pocas palabras, pero llenas de comprensión y mansedumbre, nos da un admirable consejo: «Los frailes se muestren familiares entre si el uno con el otro». Si en una comunidad faltase esta caridad, el convento dejaría de ser oasis de paz, jardín de virtudes, palestra de santidad y sería una ocasión de escándalo y un peligro constante de pecar. La caridad será ya una conquista en aquellos conventos donde los frailes hayan llegado a manifestarse mutuamente sus necesidades, como ocurre entre amigos o entre una ma– dre y su hijo. Y precisamente S. Francisco toma como punto de com, paración el amor de la madre a su hijo para indicar la in– tensidad del amor que han de tenerse los frailes. La madre le da todo lo que tiene al hijo; soporta con pa– ciencia sus defectos, trabaja por hacerle feliz, sin buscar otra satisfacción que la de verlo contento. Si el hijo es esti– mado y honrado, ella se alegra; si es humillado, ella se con– trista; su amor llega a desear desaparecer para exaltar al hijo. Pues bien; el Seo. Padre quiere que el amor entre los frailes sea aún mayor. En esta su voluntad late un gran prin– cipio teológico: el del cuerpo místico, que hace qe cada cris, tíano una prolongación en el tiempo del mismo Cristo. Cris– to vive en todo c.dstiano. Por eso puede exigir Francisco a los suyos ese amor tan excepcional. Por tanto quiere que se trate al hermano con gran diligencia, con toda delicadeza, con la cortesía posible, hasta adivinar sus deseos, como si se tratase del mismo Jesucristo. Sólo así llegará a la cima de la caridad evangélica. Art. 2. EL PRECEPTO DE LA CARIDAD « Y sí alguno de ellos cayere en enferme– dad, los otros frailes deben servirlo como querrían ser servidos ellos mismos», 489 Si todos nuestros hermanos están necesitados de amor, mucho más lo están los enfermos. Pero este sería un motivo demasiado humano y el que vive de la fe debe amar por un motivo s_uperior. El enfermo nos debe recordar a Cris– to paciente. Leyendo la vida de S. Francisco nos encontram.os con escenas <;así incomprensibles y del todo repugnantes a la naturalez.a: con frecuencia le vemos arrodillarse delante de los leprm,os para servirles, comer con ellos en la misma

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