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464 MIGUEL ANXO PENA GONZÁLEZ puesto que uno de los grupos de presión se vería seriamente dañado en el intento por un constante equilibrio en la cátedras de propiedad. Con todo, el dominico deja entrever la aceptación por parte de su Orden de dicho juramento, siempre que ellos quedaran exentos. Esto se trasluce hacia el final de su voto escrito, cuan– do afirma que "si se resuelven en que se aya de hazer este juramento generalmente so pena de no quedar en la Universidad, avisaré luego con una posta a mi General para que sepa ver (ilegible) que, desde luego, dejamos vas;ío el lugar" 28 • Por ello pa– reciera que, la cuestión importante estaba en la obligatoriedad de que todos hiciesen el juramento, no en el hecho de que la Universidad optase por hacerlo, siempre que dejase a los dominicos libres de dicho compromiso. De esta manera, ellos tenían espacio para seguir desempeñando la docencia en el Estudio, sin tener que indisponerse con el rey. Argumentando de diversa manera o completando a Pedro de Herrera, el Maestro Diego Girón, catedrático de Vísperas de Teología, insinuará que el esplendor de la teología en Salamanca se debe expresamente a los dominicos. El texto no tiene desperdicio, pues casi cien años después de la llegada de Francisco de Vitoria a Salamanca, se hace una evocación interesada del hecho: es cosa cierta lo mucho que nuestra sagrada Religión desea y a deseado siempre servir a esta insigne Universidad, pues no contenta con traher de la Universidad de París la persona del Padre Maestro Victoria, de gloriosa memoria, para que plantase en ella la buena theulugía, que oy día con tantas ventajas goza entre todas las demás, para conservar aquella primera enseñanza que de tanta importancia a sido para la Iglesia de Dios. A gastado aquí las vidas de los hombres más insignes que en ella a avido, los Sotos, Sotomayores, Canos, Mandos, Guzmanes, Medinas, Báñes, Lunas y otros innumerables que si los ubiera de contar y decir de sus calidades fuera nunca acabar 29 • Por lo mismo, es un intento por parte de los dominicos de volver a aquél mo- mento singular del siglo XVI, en el que ellos consideraban que estaba todo el esplendor y el lustre de la Teología en Salamanca, proponían una vuelta a aquella sensibilidad, de tal suerte que en la votación se les dispensara del juramento. No cabe duda que la lógica y el acento puesto en sus votos logró el efecto deseado, por lo que los dominicos no se verían obligados al juramento. La cuestión de la coac– ción de retirarse del Estudio, igual que en la época de Domingo Báñez 30 , seguía 28 Jbidem. La cursiva es nuestra, para evidenciar lo que afirmamos. 29 Jbidem, f. 120r-v. 3 ° Cf. M.A. Pena González, La Escuela de Salamanca... , 168.
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