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I 70 CORRESPONDENCIA. DE LA l\L ANGELES CON EL P. M4\RIANO na de Dios y de su Santísima Madre. Quedé con estas ansias y con ellas estoy, rogando al Se1'íor y a su Pm:ísima Madre ponga pronto mi alma en condiciones de vivir únicamente de su gloria, de su bea– titud divina y para su dicha y felicidad. Después de un· rato pasado en esto, y poco antes de reservar el Santísimo y tal vez de terminar el sermón (pues no recuerdo si con– tinuaba aun predicando el orador o no), me dirigí a Jesús expuesto a la veneración de los fieles en el tabernáculo, y su Majestad Divina se hizo presente a mi alma en la forma (me parece) que tenía cuando vivía en el mundo a la edad de treínta o treinta y tres años; mas yo veía en El un Dios-Hombre infinito en atributos y perfecciones e in– maculado, cpmo le había visto antes en el seno del Padre. A impulsos de mi amor a la Virgen, cuyos bienes estimo más que· los propios míos, rendí gracias a Jesús por el privilegio conce– dido a su Madre de su purísima concepción, y felicité al mismo divino Jesús por este privilegio de su Madre, pareciéndome ser la pureza sin ~ancha de María la causa y origen de la suya en cuanto hombre, o sea, que este Ser Humano Inmaculado que mostraba su Majestad a mi alma lleno de atractivos y con tan rara belleza, lo había recibido de su Purísima Madre y, por consiguiente, le felicitaba por el privilegio de su Inrnaculadá Concepción. Varios efectos produjo en mi alma esta visión, pero no me deten– go a referir. Sólo 9igo que deplorando yo mi necedad y locura en perder sin más ni más la inocencia y gracia bautismal (ya que no tuve la sllerte de poseer la original) y en cometer tantos y tan graví– sirnos pecados corno he cometido (aunqu~ no tenía de ellüs sino una vaga idea o recuerdo remoto), me renovó Jesús las especies de una · visión en la cual me mostró Dios riquezas infinitas en su Ser Divino y me manifestó cómo de esta misma superabundancia de bienes to– maba ocasión para compadecerse más de la suma póbreza y cuitadez de los hombres ; y mostrándome luego los inagotables tesoros de ca– ridad que encierra en su corazón de un modo evidente en la conducta divina que observó en el mundo con los hombres los tres años de su vida pública, nie indicó que esa misma inocencia. y pureza infinita de su .Ser Divíno y Humano le obligaba a ser más piadoso, benigno y caritativo con los pobrecitos pecadores, y de un modo singular con– migo. Y me invitó a la participación de este atributo divino de su

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