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CARTA XX, 3 DICIEMBRE 1910 primero de su existencia, no lo puedo yo expresar.· Me alegré tanto, que me parece no me hubiera alegrado más si Dios Nuestro Señor concediera a mí este divino atributo y privilegío de María. Felicité a nuestra Madre; felicité a mi Dios e hice cuanto me inspiró mi entu– siasmo, gratitud y amor. Dios Nuestro Señor y Nuestra Madre Pu– rísima correspondieron a mis actos en la forma que no sé explicar. Lo cierto es que habiendo detestado muchas veces todo lo que se opo– ne a la inmaculada pureza y santidad divina de Diós y de su Purísi– ma Madre, y resuelto con firmeza procurar en adelante imitarles en esto, correspondiendo a su amorosa invitación, estando mi alma en– tusiasmada contemplando a este Dios ·Padre Inmaculado, a este Dios Hijo Inmaculado y a este Dios Espíritu Santo. y María Inmaculados también, y felicitándoles por este divino atributo, y felicitándome a mí al ver que este Dios y esta Virgen Inmaculados eran (como se me mostraban) prendas propias mías y por consiguiente sus atributos también, pues así lo veía y me daba a entender la grandeza .del gozo que inundaba mi alma, Dios Nuestro Señor y nuestra Madre Purí– sima fijaron en• mí su mirada. Este mirar de Dios y de la Santísima Virgen a mi alma produjo en mí varios efectos, y entre ellos un aproximarme a mi Dios y mi Purísima Madre. De esta afinidad que disfrutaba mi alma con un Dios Inmaculado, Inocente, Puro y Santo, y una Virgen Purísima e Inmaculada tam– bién, resultó un no sé qué que Sor Angeles pecadora se alejó de allí, muy lejos de la vista y presencia de los Seres Inmaculados ; y debió hundirse en los abismos de la nada, hacia donde fué como fugitiva, pues desapareció, dejándome a n~í a los pies del Señor y de· su Santísima Madre convertida sin duda en una pura capacidad de amor, pues no hacía otra cosa que amar a un Dios y a una Virgen tan sumamente amables, y que mostraban quererme tanto y absorberme toda en sí. Reiteré mi total entrega a Dios y a la Santísima Virgen, rogán– doles que me recibiesen como víctima de su divino amor, de su beati– tud eterna, de su gloria y felicidad, deseando consumirme, aniqui– larme por completo mediante una profundísima humildad, para de esta existencia consumida por su amor y por el celo de su gloria, ha– cer renacer un nuevo espíritu (divino, si posible fuera) para confun– dido con el mismo Dios emplearse todo, todo, todo y eternamente en un continuo acrecentar la gloria, felicidad y bienaventvranza eter-
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