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124 CORRESPONDENCIA DE LA M . .'\NGELES CON EL P. MARIANO más la tercera ; pues aunque he visto por experiencia la providencia singular con que me han asistido el Señor y la Santísima Virgen en el pi;imero y segundo trienio, he visto también lo que yo soy y puedo prometerme de mí, que es pecados, miserias, escándalos, infidelidad y nada más, y acumulando maldades sobre maldades ahaer la indig– naci6n de Dios y de la Santísima Virgen sobre mí y sobre mi comu– nidad. Si tuviera yo virtud y fuerza de voluntad para responder a los designios de Dios y de la Santísima Virgen en mi reelecci6n, nada temería ; pero comono tengo y aún dudo algunas veces de esos designios. de Dios, pareciéndome que no es posible que Dios y la Santísim.a Virgen quieran servirse de mí para ·ninguna cosa buena, y que el permitir que las criaturas me honren lo hacen porque prevén cierta mi condenación y quieren premiarme en este mundo algún pe– queño servicio que les habré prestado en algún tiempo, es por esto que tiemblo de miedo y me hallo en un estado que casi (no) me atrevo a ir a Dios. Los Visitadores, lo mismo que la comunidad, celebran mi elección para el cargo de Abadesa como un acontecimiento ; en torno mío no oigo más que alabanzas ; no parece sino que soy una santa canoni– zada por la Iglesia, de quien nada pueden temer ni dejar de esperar recibir grandes bienes en el orden espiritual y; temporal. rdas yo, que miro las cosas bajo un punto de vista enteramente distinto de las per– sonas que me rodean, juzgo de otro modo, y p9r esto cada vez que me alaban me parece ver a Dios con espada en mano en actitud de castigarme, y cuando no, permitiendo estas alabanzas con semblante lleno de compasión por la suerte infeliz. que me espera en la otra vida. ¡ Ay Dios mío, cómo saldré yo de este miserable estado de soberbia y pecado, que cuanto más detesto más metida me hallo en él ! 2.~Así que no acabo nunca de tranquilizar mi conciencia y de po– ner mi alma eri estado de paz. Dos veces me confesé co.n el señor Arz– obispo ; y la primera vez que me confesé, al darle cuenta de las in– tranquilidades de conciencia que había sufrido y confesiones genera– les que había repetido desde la última Visita pastoral, me dijo que no volviera más a confesar los pecados de la vida pasada ; que pidiese a Dios me diese una conciencia recta para distinguir el pecado de lo que no es y la paz del alma; y si me acometía alguna nueva intran– quilidad, dijera la causa o motivo de ella : porque soy hipócrita, en-
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