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Y es bueno que esto suceda para que sepamos quiénes son los que nos aman de veras. Quienes son nuestros amigos. Quienes nos quieren por nosotros, o por lo que nosotros les dábamos. Una circunstancia puede ser la enfermedad. Pocas veces nos sentiremos psicológica y moralmente tan abandonados como en– tonces. Vencidos por la vida. Abandonados a nuestras propias fuerzas. Si a esto se suma el que nos abandonen los que pensábamos nos querían, entonces... Entonces sabremos quiénes nos quieren de verdad. Quiénes se sacrifican por nosotros. Quiénes exponen su dinero, su tiempo, su fama, su saluz, por nosotros. Quien nos ama a nosotros, y ama, sin duda a Dios, a través nuestro. Los grandes amigos son para las grandes ocasiones. Los gran– des ingratos se suelen conocer, también, en las grandes ocasiones. Los ingratos son los que ensucian la fuente después de haber saciado su sed en ella. Los amigos son los que no les importa que la fuente sea re– pelente, poco atractiva, sucia quizás, ellos saben encontrar las aguas puras debajo del polvo de la superficie. Los amigos nos quieren en la salud y en la enfermedad... ¡Qué bueno tener entonces un afecto! San Pablo anhelaba ese afecto de buena ley. Pienso que para un enfermo es la mejor de las medicinas. Es la ternura, el cuidado, el mimo que se pone en todo eso, lo que más levanta el ánimo del enfermo. Lo que le hace saber que no está solo. Creo que entre todos los cariños está el del Señor. Quien tie– ne fe, quien sabe de la presencia del Señor en los dolores del en– fermo, sabe que él está a su lado. Que le puede invocar en cada instante. Sentirse acompañado por él en esas circunstancias es la mayor de las alegrías. ¡Qué triste debe ser sentirse abandonado de los hombres y so– bre todo de Dios! -331-
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