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Se fue con prisas a la montaña La uniforme marcha del misterio 423 Durante todo el mes de agosto de 1962, el segundo agosto en el Garabandal . de las «apariciones», sigue la «m~motonía» de lo maravi– lloso y de lo desconcertante. La «monotonía» estaba en que todos los días ocurrían allí unas cosas. .. que en los demás sitios no ocurren nunca: éxtasis, rezos y cantos inimitables, marchas de pasmosa gracia y movilidad 1 : a los Pinos, al cementerio, por las calles del pueblo, en torno a la iglesia... Las notas de don Valentín, y algunos otros relatos, vienen a decir poco más o menos lo mismo para todos estos días de agosto. Pero, de cuando en cuando, salta el detalle interesante o revelador. Así, por ejemplo: «Día 18. Durante una aparición de este día, sábado, Conchita le decía a la Virgen: "¿Tú eres muy rezadora? ... ¿.4 quién rezas? ... A Jesús, ¿le rezabas Tú? ... ¡Pues si era tu Hiio! ... ¿Cómo? /Que era Dios? ... 2 ¡Ah! Un solo Dios". También le decía: ''.¿Cómo no · te dejas ver de Mari Cruz? ¡Mira que está muy triste! ... Estate conmigo la mi– tad del tiempo y la otra mitad con Mari Cruz". No quiero pasar por alto lo que dice Maximina González en una carta que debió de escribir el día siguiente, domingo; la conservan los señores Ortiz, de Santander, y sólo tiene la indicación de «VIII-62» 3 : «... Yo no lo oí personalmente; pero sí lo oyeron varios de los que estaban allí, entre ellos un sacerdote; y fue c;_ue, una noche de éstas, vino Conchita a mi casa, donde yo tenía 4 unos catalanes por compro- ' Sobre esa sorprendente movilidad de las marchas extáticas abundan los testi- monios. A última hora he recogido uno de alguien nada propenso a alucinaciones. Se trata de don José Luis González Quevedo, naciéo en Santander, pero desde hace años establecido en Nueva York, con notable éxit:::> profesional. Por las fechas ya un poco lejanas del primer verano de los sucesos, 1961, subió varias veces a ver aquello, y le impresionó tanto que, a pesar de todos los alejamientos poste– riores, no puede olvidar lo vivido allí. Cierta tarde en que acompañaba a Conchita extática, la niña se arrancó de pronto como una exhalación y con una trayectoria que la llevaba derecha a estre– llarse contra una pared que se veía allá al fondo; nuestro hombre, que estaba entonces en plena juventud y era un buen deportista, salió disparado detrás , para alcanzarla y detenerla a tiempo; pero ni la pudo a:canzar ni fu.e necesaria su intervención: «Cuando faltaban -me dice él- muy pocos centímet.-os para darse, y matarse, contra la pared, la niña, que no podía ·ver nada de lo que tuviese de– lante por la posición de su cabeza, se paró en seco, ir:explicablemente, y yo llegué a tiempo de verla toda sonriente, en actitud maravillosa... Fue algo que nunca podré olvidar.» 2 Aquí ·tenemos otra «réplica» por anticipado a las desviaciones y errores que por entonces se iban ocultamente fraguando en materia de fe, y que sólo en el post– Concilio habían de salir a plena luz. En torno a un dogma tan fundamental del cristianismo como la divinidad de Jesucristo ha tenido que intervenir al fin la Santa Sede -quizá algo tardíamente- con un documento de la Sagrada Congre– gación para la Doctrina de la Fe, publicado en marzo de 1972. Como en tantos otros puntos, también en éste de la ;:,ersonalidad de Jesús ciertas «nuévas teologías» sólo han logrado renovar las viejas herejías. 3 Por otra carta de Maximina a la familia Pifarré, de Barcelona, ya podemos situar exactamente el suceso, pues la carta fechada e: lunes, día 20, empieza así : «Asunción, ¡ si viera qué apuros pasé anoche!. .. » . 4 Maximina solfa dar hospedaje en su casa a algunos viHtantes de Garabandal; esta vez, por compromiso, llegó a tanto que se qued:S sin camas para acostai;. a «sus nenes», niña y niño.
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